PERSPECTIVA PSICOSOCIAL DE LAS VULNERACIONES SOCIALES: DIFERENCIAS ECONÓMICAS, DESIGUALDADES JURÍCAS Y DESAFILIACIONES SOCIALES

June 13, 2018 | Author: Jorgelina Di Iorio | Category: Documents


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PERSPECTIVA PSICOSOCIAL DE LAS VULNERACIONES SOCIALES: DIFERENCIAS ECONÓMICAS, DESIGUALDADES JURÍCAS Y DESAFILIACIONES SOCIALES Jorgelina Di Iorio1

Los nadies, los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies, los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos. Que no son, aunque sean (…) Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata. Galeano, E. (1940) Los Nadies. Fragmento

Irrumpe en este contexto ese sujeto inesperado, constituido en el padecimiento de no pertenencia a un todo social, dentro de una sociedad fragmentada que transforma sus derechos subjetivos en una manera de opresión en la que se destacan sus derechos vulnerados. Carballeda, J. (2008: 15)

Definiendo el proceso de vulnerabilización social Desempleo estructural, trabajo informal, personas en situación de calle, violencia social y criminalidad, falta de inserción educativa, ausencia de resortes de protección social, disolución de vínculos familiares, usos problemáticos de drogas, trabajo infantil, explotación sexual, migraciones entre otras situaciones con las que convivimos en las sociedades modernas, se incluyen dentro de una diversidad de problemáticas sociales complejas a las que solemos clasificar con el concepto de exclusión social.

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Dra. en Psicología. Prof. Adj. Interina Psicología Social I. Docente e investigadora (Facultad de Psicología, UBA) en lo que respecta al campo de las vulneraciones sociales y la intervención psicosocial. Co-directora del Proyecto de Investigación UBACyT 2014-2017 “Personas en situación de calle. Trayectorias y construcción de identidad en contextos de marginalización urbana en la Ciudad de Buenos Aires”

La vulnerabilización social es una categoría relacional o intersubjetiva: a la vez que se habla de “personas excluidas”, se hace referencia también a “las incluidas”: los que tienen trabajo, los que tienen vivienda, los que acceden a bienes y servicios. Esto quiere decir que, alejados de lecturas dicotómicas, se comprende esa heterogeneidad de situaciones en términos de la tensión inclusión-exclusión (Bustelo & Minujin, 1997)

o inclusión

perversa (inclusión desde la expulsión y la marginalidad (Sawaia, 2011; Bulla, Mendes & Prates, 2004). En el escenario social globalizado y de economías transnacionalizadas que caracteriza a América Latina y al mundo, la cuestión de la tensión inclusión-exclusión deviene en la “cuestión social” por excelencia (Castel, 1997). Según los niveles de integración al mundo del trabajo (integración económica) y de mantenimiento de las redes sociales de apoyo (integración relacional), se configuran zonas en la vida social: integración o inclusión, inestabilidad o vulnerabilidad, y marginalidad o exclusión (Castel, 1991; 2004; Bustelo & Minujin, 1997).

(Castel, 1991) Estar dentro de la zona de vulnerabilidad o marginalidad tiene que ver con las combinatorias posibles entre la precarización y/o ausencia del trabajo y el deterioro o la ruptura de los vínculos. A partir de estas combinaciones, se van configurando conjuntos poblacionales caracterizados por las dificultades para acceder a bienes, servicios y derechos. Para estos sectores, la condición de ciudadano constituye una ficción, ya que

los derechos son meros reconocimientos formales. Por tal motivo, es que son asistidos en su desarrollo a través de las políticas sociales, constituyendo lo que se conoce como ciudadanía asistida (Bustelo & Minujin, 1997). Para algunos autores (Castel, 2004; Duschastky & Corea, 2004; Sawaia, 2011), hablar en términos de exclusión y de excluidos tiene una connotación negativa. Se pone el acento en un estado individual -estar por fuera de- más que en describir las condiciones estructurales que generan estas situaciones (sociales, culturales, económicas, históricas y políticas). Además, como el mismo término se alude a una diversidad de situaciones y se pierde cierta especificidad. Por eso preferimos utilizar el término de expulsión (Duschastky & Corea, 2004) o vulnerabilización (Fernández & López, 2005). De esta manera esa heterogeneidad de situaciones de exclusión son abordadas como producto de procesos sociales, más que como estados autónomos de determinados grupos sociales. “La expulsión social, entonces, más que denominar un estado cristalizado por fuera, nombra un modo de constitución de lo social” (Duschastky & Corea, 2004: 18) Se configuran sistemas de interacción que dan lugar a que ciertos grupos o personas sean definidos por sus capacidades reducidas para resolver, hacer frente o resistir las exigencias de la vida social. Es decir, grupos que están expuestos a ciertos riesgos y daños según su condición social, edad, etnia, género, entre otros, que reconocemos por su “condición de vulnerabilidad social” (en tanto producto visible o forma institucional concreta) y como producto de procesos sociales, históricos, ideológicos, culturales, económicos (proceso de vulnerabilización social).

La vulnerabilización social como un fenómeno complejo. Dimensiones. Comprender los procesos de vulnerabilización social desde la perspectiva del construccionismo social (Gergen, 1993), supone reconocer la especificidad históricocultural de dichos procesos, suspender nuestras convicciones sobre lo que se considera como “excluido, vulnerable, pobre”, y aceptar que la naturaleza de las definiciones o conocimientos sobre este campo de problemas es un producto socialmente elaborado a través de prácticas colectivas El reconocimiento de los fenómenos de vulnerabilización social como problemática compleja no remite a lo difícil de las situaciones, ni cierra las reflexiones acerca de la

temática, sino que abre a múltiples dimensiones para su abordaje. El pensamiento complejo rechaza los modos reduccionistas y simplificadores para pensar la realidad. La complejidad como palabra-problema más que como palabra-solución invita a transitar la pluralidad de situaciones, la diversidad de sentidos y la incertidumbre (Morin, 2000) como aspectos característicos de la vulnerabilidad social. La vulnerabilidad es multicausal, tiene varias dimensiones analíticas (económicas, históricas, políticas, culturales y sociales), e incluye aspectos individuales, grupales e institucionales. Es innegable que las condiciones de pobreza y distribución inequitativa del ingreso agravan las condiciones de vulnerabilidad, pero eso no significa reducir este proceso psicosocial a su dimensión económica. Diferenciaremos tres dimensiones: 1 histórico-económica, 2. política, y 3. Social.

1. Dimensión histórico-económica. Con posteridad a la Segunda Guerra Mundial, se instaló en los países periféricos2 un modelo económico basado en la sustitución de importaciones3. Este modelo fue capaz de integrar a la mayoría de la población, al caracterizarse por una economía más independiente de los mercados internacionales y un estado de bienestar que aseguraba salud, trabajo, educación y protección social. La crisis mundial del petróleo, a mediados de los ’70, marcó el final de ese modelo económico, iniciándose una etapa de concentración económica en ciertos grupos, de profundización de la transnacionalización de la economía y de corrimiento del Estado benefactor en detrimento de una lógica de Mercado. La desindustrialización, el endeudamiento externo y las crisis inflacionarias, la emergencia de una nueva pobreza estructural y el desempleo masivo, se tradujeron en la configuración de amplias zonas de vulnerabilidad y marginalidad social. En América Latina, y en Argentina en particular, durante la década del ’90, estas políticas de mayor liberalización de la economía se intensificaron y contribuyeron a profundizar la recesión y reducir los ingresos de la población. En nuestro país, la implementación de las 2

El término centro-periferia es utilizado para referirse a las desigualdades sociales y económicas y su desigual distribución espacial a nivel mundial. Aluden a esta categoría el par países desarrollados- países subdesarrollados, primer mundo-tercer mundo. Entre los países periféricos ubicamos a los países latinoamericanos. 3 En Argentina este modelo estuvo vigente desde el primer peronismo hasta la última dictadura cívico-militar que se inició el 24 de marzo de 1976.

políticas neoliberales se tradujo en una crisis social y económica que tuvo su punto más álgido en la rebelión popular del 19 y 20 de diciembre del 2001, momento en el que el índice de pobreza llegó al 57% y el de desempleo alcanzó el 20%. Si bien en Argentina y en América Latina puede hablarse de cierta recuperación de la actividad económica que se traduce en el surgimiento de otras formas de inclusión social durante la última década, persisten zonas de pobreza en las periferias urbanas y rurales que se traducen en la inequidad en el acceso a bienes, servicios y derechos (Kessler & Merklen, 2013)4. Es decir, “salvo que se efectúen modificaciones cualitativas en la orientación de las políticas económicas y sociales (…) la desigualdad social se mantendrá en sus niveles actuales o aumentará, y la vulnerabilidad social continuará incrementándose y alejando las posibilidades de construir sociedades integradas en términos del ejercicio de derechos y ciudadanía” (Bustelo & Minujin, 1997: 1389

2. Dimensión política. Excluido e Incluido se constituyen en categorías explicativas de lo social, que pueden traducirse en explicaciones naturalistas e individualistas. Según esas miradas, los grupos excluidos o vulnerables aparecen como producto de una condición o situación individual, desconociendo que constituye una construcción social. Lo excluido es considerado como diferente, extraño, y genera la puesta en funcionamiento de una serie de dispositivos que parten del concepto de reinserción o reeducación, sostenidos en mecanismos de poder: control de los individuos, diagnósticos, clasificaciones, tutela. Sin embargo, al partir de la idea de que no están afuera, sino que están incluidos socialmente de otras maneras, no es necesario volver a incluirlos, porque nunca dejaron de estarlo. Lo que se pone en funcionamiento son ciertos modos de definir al otro diferente que se comprenden desde el concepto de poder. El poder no es algo que se tenga o no, sino que es una relación social. Los discursos sobre la pobreza, la exclusión o la marginalidad habilitan a determinados actores sociales a influir de forma asimétrica en las decisiones y en la vida 4

La Argentina fue reduciendo gradualmente ese índice de pobreza, siendo actualmente de 4,3%, (Cepal - Comisión Económica para América Latina y el Caribe, 2013). Argentina, junto con Uruguay, es uno de los países con mejor desempeño económico en la región. La indigencia pasó al 1,7% y el desempleo al 7,3%.

de los otros. Las formas de representar el mundo y a los sujetos, así como también las relaciones entre ellos, que se establecen con valor de verdad, tiene efectos opresivos y limitantes sobre determinados grupos sociales (Foucault, 2012). El poder no tiene que ver con lo que está bien o lo que está mal, sino con las múltiples coacciones que pesan sobre los individuos y atraviesan el cuerpo social. Lo diferente, lo excluido, lo marginado, se constituye como amenaza al orden social. Lo marginado en la vida social fue cambiando

de

ropaje

(Foucault,

1967/1964): el leproso en la Edad Media, el loco en la Edad Moderna, los pobres, los División Normalidad. Documentos, por favor

transgresores a la ley, los que usan drogas, los que tiene prácticas sexuales diferentes, los que tienen capacidades distintas, “los excluidos o vulnerables” en la actualidad. Todos deben ser excluidos en tanto constituyen una amenaza a la definición imperante de la realidad. Eso es, sin duda,

una definición política que describe un mundo de relaciones sociales. En definitiva, se expulsa a los extraños o se los confina a espacios sociales en los cuales no generen molestias (instituciones de encierro en el caso de la salud mental, prisiones, así como también otros tipos de propuestas o dispositivos según la problemática). El poder, como forma de definir al otro, no tiene que ver con lo que está bien o lo que está mal, en términos legales, sino con las múltiples coacciones que pesan sobre los individuos y atraviesan el cuerpo social. Se ejerce a través de diversos procedimientos o mecanismos de dominación, y se construye y configura en la vida cotidiana. No es un atributo, sino una relación que configura un orden social que da lugar a la realidad de la vida cotidiana, el cual es asumido por cada individuo durante los procesos de socialización.

Todas las

estructuras sociales se basan en relaciones de poder que están integradas en las instituciones, y la institucionalización de rutinas puede pensarse como la forma en que el poder influye en la vida cotidiana.

Los discursos se construyen como explicaciones sobre la realidad social, y se establecen como

saberes

socialmente

legitimados

en

un

momento

histórico

particular.

Específicamente, en el campo de los procesos de vulnerabilización social, los discursos dominantes se expresan, desde una perspectiva dualista, en términos de oposiciones: individual/social y sujeto/objeto. Pensemos con un ejemplo, la inclusión en el sistema educativo formal: Con la Ley Nacional de Educación (2006), se propone una educación pública inclusiva, extendiendo la obligatoriedad en el sistema educativo desde preescolar hasta la secundaria. En la misma línea, la creación de universidades públicas en el conurbano bonaerense, también amplia el acceso a educación superior para sectores sociales que tradicionalmente han quedado afuera o “excluidos”. En el caso de los jóvenes de sectores populares y en condiciones de vulnerabilidad, la inclusión y permanencia dentro del espacio escolar se convierte en una herramienta de transformación de la matriz social. Esto no quiere decir que no existían hasta este momento prácticas educativas inclusivas o alternativas a la expulsión que genera el sistema escolar, sino que desde ahora ese tipo de propuestas se institucionalizan y pasan a ser parte de las políticas públicas. La escuela secundaria dejó ser “para unos pocos, para los que llegaban” para pasar a ser para todos. Esto genera que se implementan prácticas para que los considerados “vagos, problemáticos, duros, que no les da, que tienen problemas” permanezcan dentro del sistema escolar. Este proceso tiene tensiones y dificultades. Mientras que algunos docentes e instituciones ponen en funcionamiento, y de manera creativa, diversidad de propuestas que se traducen en la inclusión (tanto en el nivel secundario como en el universitario), persisten discursos y prácticas elitistas, que reproducen la exclusión, confirmando la profecía autocumplida de que “no van a llegar”

En este relato identificamos la vigencia de distintas explicaciones sobre la no inclusión de jóvenes en el sistema educativo formal, las cuales se traducen en prácticas específicas. Tomemos el par individual/social. Los discursos que ponen el acento en lo individual, la exclusión del sistema educativo depende de las biografías de los jóvenes, de sus características de personalidad o incluso a los devenires familiares. La vulnerabilidad se convierte en problemas de personas o problemas de carácter, y “por eso no les da”, invisibilizando que muchas veces las lógicas de funcionamiento institucional están al servicio de corroborar que no les da y que no puede. En contraposición, los discursos que ponen el acento en lo social, reducen todo a las variables sociales, hasta el punto en que las personas no son más que la expresión de fuerzas estructurales o sistémicas. Esto justifica explicaciones en las que las dificultades para la permanencia en la institución escolar se reducen a las condiciones de pobreza o marginalidad, desconociendo los impactos en la subjetividad y las consecuencias que esto tiene en las posibilidades de una efectiva

inclusión social. Nos referimos a la culpabilización y vivencias de inadecuación que muchas veces encontramos en sectores en situación de vulnerabilidad social. En el relato también se visualizan definiciones o explicaciones sobre los jóvenes, las cuales pueden comprenderse a partir del par sujeto/objeto. Cuando sostenemos que la no inclusión responde a la inadecuación de los sujetos, estamos comprendiendo las situaciones de vulnerabilidad desde en la lógica del déficit desde la que se negativizan las prácticas de los adolescentes y los jóvenes (son un problema, son peligrosos, son desviados), y se los estigmatiza al ser vistos como apáticos, desganados, hostiles y poco interesados en lo escolar. Por el contrario, también se registra que los jóvenes son aceptados y reconocidos en su diferencia, considerados como sujetos activos de su experiencia y poniendo el acento en las capacidades y posibilidades, pero que al no generarse las condiciones para potenciar y promover esas capacidades, terminan funcionando como profecías que se autocumplen: “al final, viste que no pueden” (lógica del déficit) Frente a estas lecturas dualistas, desde una perspectiva construccionista en psicología social, el campo de problemas de la vulnerabilidad social debe comprenderse en términos de relaciones, de interdependencia. No existen ni individuos aislados ni pensamientos desencarnados, ya que siempre hay un espacio social y público de integración e inscripción simbólica (Jodelet, 2008). Por lo tanto, examinamos estas problemáticas complejas en términos de identificar ese momento en que lo social se convierte en personal y lo personal en social, es decir, en la integración de esa estructura personal y social. Tal como sostiene Martin-Baró (1983), desde la psicología social se pretende examinar la doble realidad de la persona, en cuanto actuación y concreción en una sociedad, y de la sociedad en cuanto totalidad de personas y sus relaciones. 3. Dimensión social El debilitamiento de los vínculos sociales se convierte en uno de los ejes centrales para pensar el proceso de vulnerabilización social o desafiliación (Paugam, 2007). Es decir, las personas que atraviesan estas situaciones carecen o tienen debilitadas sus redes de apoyo y sostén. Se las suele caracterizar como solitarias, ensimismadas, desconfiadas, intolerantes incluso violentas, corriéndose el riesgo de considerar esas características como inherentes a sus características de personalidad. De ese modo, se ocultan los complejos procesos

sociales a través de los cuales se construye esa soledad, ese aislamiento, esas violencias, esa desconfianza. El sí mismo expresa el resultado de interacciones recíprocas entre la persona, los otros y la sociedad. La conciencia social que la persona logra de sí misma, como construcción representativa del yo en su relación con el medio y con los demás, resulta de la internalización de los roles de los demás (Mead, 1968). Esto quiere decir que, la identidad, como fenómeno intersubjetivo y dinámico, resulta de una doble constatación de semejanzas y diferencias entre el sí mismo y los otros. La persona tiene necesidad de concebirse de manera singular, diferente de otros y, al mismo tiempo, tiene necesidad de lazos sociales, que lo llevan a compartir aspectos de similitud y diferencias con otros. Quienes no tienen trabajo, o viven en la calle o tienen una discapacidad o son migrantes, o viven en condiciones de extrema marginalidad, son estigmatizadas por el resto del conjunto social, a partir de la construcción de prejuicios sobre ellos. Los estigmas (Goffman, 1970) son construcciones sociales que sirven para categorizar a las personas a partir de considerar algunos atributos

–físicos, mentales o sociales- como negativos y no aceptados

socialmente. De este modo, un atributo estigmatizante del otro, asegura la normalidad del que atribuye, generando distanciamientos y enfrentamientos en las relaciones sociales. Dejamos de percibir al otro en su totalidad y lo reducimos a un ser menospreciado en función de poseer un atributo desacreditado. El estigma excluye de la “normal” cotidianeidad, y se traduce en procesos de expulsión social. Todo lo que es considerado como irregular debe ser corregido, excluido y encerrado

Intervenciones en contextos de vulnerabilización social Los escenarios de intervención se constituyen como la expresión en lo microsocial de lo macrosocial. Intervenir sobre la cuestión social en contextos de vulnerabilidad, implica generar nuevas formas de inscripción social. Otra inscripción que deconstruya los procesos de estigmatización y recupere la dimensión socio-histórica del sujeto (Carballeda, 2008). Los procesos de vulnerabilización, tanto en sentido material como simbólico, impactan negativamente sobre el desarrollo de alternativas de integración social, generando un predominio de lo provisorio, y propiciando una participación pasiva dentro de un entramado asistencial de amplia extensión. Estos grupos sociales se inscriben

simbólicamente desde la lógica del déficit y dan lugar a la construcción de una amplia red de dispositivos de asistencia. Nos referimos a “ciudadanos sin derechos”, donde se pone de manifiesto la relación desigual entre bienestar y justicia, entendiendo por justicia la justa y equitativa distribución y acceso a recursos y servicios. Es decir, en el caso de los sectores en situación de expulsión social “ciertas necesidades importan desde el punto de vista de la justicia, porque si ellas no son satisfechas el estatus de igualdad de ciertos ciudadanos está en riesgo” (Prilleltensky, 2004: 23). Ese momento en el que se suspenden los derechos es lo que Agamben (2004) denomina como estado de excepción. Se crean las condiciones jurídicas para que el poder disponga de los ciudadanos en tanto nuda vida, constituyéndose como dispositivo biopolítico, de control. Es decir, los derechos si están enunciados y reconocidos, pero pocas son las posibilidades de un ejercicio pleno de los mismos. Tal podría ser el caso de la vivienda, a modo de ejemplo. Si bien el derecho a la vivienda digna está reconocido en las legislaciones locales y nacionales, así como también en tratados internacionales, la precariedad habitacional se registra en todo el país. Sólo en la Ciudad de Buenos Aires se registran casi 16.000 personas en emergencia habitacional producto de desalojos, de dificultades para alquilar o que literalmente se encuentran en situación de calle (Médicos del Mundo, 2012) Frente a esos discursos dominantes, fundados en la lógica del déficit, por los cuales los grupos en situación de vulnerabilidad son considerados objetos de intervención bajo el modelo de una ciudadanía asistida o tutelar, surgen discursos de resistencia, fundados en lógicas de restitución de derechos y sujetos autónomos.5 Esos discursos de resistencia, sobre los que se fundamentan intervenciones que responden a un modelo de ciudadanía emancipada o plena, constituyen alternativas a lo socialmente legitimado como válido. Los discursos dominantes y los de resistencia configuran un orden social que da lugar a una compleja red de relaciones sociales de poder, la cual es asumida por los individuos durante los procesos de socialización. “El poder no se concibe como una propiedad, sino como una estrategia, que sus efectos de dominación no sean atribuidos a una “apropiación”, sino a unas disposiciones, a unas maniobras, a unas tácticas, a unas técnicas, a unos funcionamientos; que se descifre en él una red de relaciones siempre

5

Se retoman las conceptualizaciones de Foucault en lo que respecta a la diferenciación entre discursos de dominación y discursos de resistencia.

tensas, siempre en actividad más que un privilegio que se podría detentar; que se le dé como modelo la batalla perpetua más que el contrato que opera una cesión o una conquista que se apodera de un territorio. Hay que admitir en suma que ese poder se ejerce más que se posee, que no es el privilegio adquirido o conservado de la clase dominante, sino el efecto de conjunto de sus posiciones estratégicas” (Foucault, 1976: 33) Frente al entramado asistencialista dominante, se hace necesario construir otros posicionamientos, en los que se focalice en “la necesidad de la participación de las personas, en el apoyo a sus cualidades positivas y en el fomento de sus capacidades, es decir, en el fortalecimiento de esos individuos y grupos para que logren por si mismos transformaciones positivas que mejoren su calidad de vida y su acceso a bienes y servicios de la sociedad a la cual pertenecen” (Montero, 2003: 59), pero de la que son continuamente expulsados. El problema no se localiza en los individuos, sino en las relaciones que se establecen. Por lo tanto, las propuestas de intervención deben dirigirse principalmente a la relación, a esos vínculos grupales que constituyen la normal anormalidad (Martín-Baró, 1990). “La clave parecería estar en la manera en que el lazo social determina para la experiencia del sujeto un bienestar que, siendo primariamente social, hace depender de ese bienestar la salud de su cuerpo y el placer en sus procesos psíquicos” (Galende, 2004: 26) La participación y la inclusión activa de las personas en situación de vulnerabilidad social en la planificación y desarrollo de estrategias de solución a los problemas que los afectan, implica compartir el poder en la toma de decisiones y facilitar un proceso gradual de construcción de autonomía. La participación es un método de trabajo por el que se valora y rescata lo que es propio de los actores involucrados, su historia y su experiencia. De lo que estaríamos hablando es de construir otros posicionamientos, ya que mientras predomine la pasividad, los dispositivos, los servicios y las propuestas de intervención devienen entes burocratizados6.

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Al respecto, tanto dentro del campo de la salud como de la educación, se registran multiplicidad de experiencias qué, explicitando los procedimientos, las herramientas y los resultados obtenidos, se definen como buenas prácticas en inclusión social. Se entienden por “buenas prácticas” aquellas que fomentan otras formas de inclusión a partir de contemplar la diversidad, de contribuir a crear expectativas favorables, de facilitar dentro de lo posible el acceso a recursos materiales y simbólicos, de partir del principio de igualdad de oportunidades, de fundamentarse en la perspectiva de derechos y por ser susceptibles de ser replicadas.

El desafío lo constituye aceptar a ese otro diferente como alguien no esperado, no igual, habilitando el diálogo, más que la segregación y la estigmatización. De este modo, la posibilidad de resistencia estaría centrada en la generación de proyectos participativos, a través de los cuales se fortalece su capacidad de forjar nuevas formas de abordar las condiciones de inequidad, desde un posicionamiento ético-político que brega por el cambio social, el mejoramiento de la calidad de vida y el acceso a derechos (Di Iorio & Lenta, 2012) Referencias bibliográficas ▪

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