El Primer Trago de Cerveza - Philippe Delerm

March 22, 2018 | Author: FranciscoUmbral | Category: Knife, Sun, Water, Beverages, Nature


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Philippe DelermEl primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida Título original: La première gorgée de bière et autres plaisirs minuscules Philippe Delerm, 1997 Editor digital: Bacha15 ePub base r1.0 Un cuchillo en el bolsillo No un cuchillo de cocina, claro está, ni una navaja automática de maleante. Pero tampoco un cortaplumas. Pongamos que un Opinel del número 6 o un Laguiole. Un cuchillo que hubiera podido ser el de un hipotético y perfecto abuelo. Un cuchillo, que él se hubiera metido en el pantalón de pana de cordoncillo grueso color chocolate. Un cuchillo, que hubiera sacado del bolsillo a la hora de comer, para pinchar con la punta las rodajas de salchichón, para mondar lentamente la manzana, el puño plegado hasta casi tocar la hoja. Un cuchillo que hubiera cerrado con ademán amplio y ceremonioso, tras el café bebido en vaso, —lo que hubiera significado para todo el mundo que había que volver al trabajo. Un cuchillo que hubiera sido maravilloso cuando aún éramos niños: un cuchillo para el arco y las flechas, para fabricar la espada de madera, esculpida la guarnición en la corteza; el cuchillo que a nuestros padres les parecía demasiado peligroso cuando éramos niños. Pero, un cuchillo ¿para qué? Ya no estamos en los tiempos de ese abuelo, ni somos ya unos niños. Un cuchillo virtual, entonces, y esta excusa irrisoria: —Pues claro que puede servir para muchas cosas: cuando vamos de paseo, en las excursiones, incluso para hacer alguna chapuza si no tenemos herramientas… No servirá para nada, lo presentimos. El placer no está ahí. Placer absolutamente egoísta: un hermoso objeto inútil de cálida madera o bien de liso nácar, con ese signo cabalístico en la hoja que revela a los auténticos iniciados: una mano coronada, un paraguas, un ruiseñor, la abeja en el mango. Sí, el esnobismo resulta atractivo cuando se liga a ese símbolo de vida sencilla. En la época del fax, es el lujo rústico. Un objeto completamente nuestro, que abulta inútilmente el bolsillo, y que sacamos de cuando en cuando; nunca para usarlo, sino para tocarlo, para mirarlo, por la dulce satisfacción de abrirlo y de volverlo a cerrar. En ese presente gratuito, el pasado duerme. A los pocos segundos, nos sentimos a la vez el bucólico abuelo de blancos bigotes y el niño a la orilla del agua envuelto en un aroma de saúco. En el momento de abrir y cerrar la hoja, no estamos ya entre dos edades, sino al mismo tiempo en dos edades: ése es el secreto del cuchillo. La bandeja de pasteles del domingo por la mañana Pasteles surtidos, por supuesto. Una «religiosa» de café, un «paris-brest», dos tartitas de fresa, un milhojas. Excepto uno o dos, ya sabemos a quién está destinado cada uno —¿pero cual será el suplementario-para-los-glotones? Desgranamos los nombres sin apresurarnos. Al otro lado del mostrador, la dependienta, pinzas en mano, se sumerge sumisamente hacia nuestros deseos; ni siquiera manifiesta impaciencia cuando tiene que cambiar de bandeja — el milhojas no cabe. Tiene su importancia ese cartón plano, cuadrado, de bordes redondeados y realzados. Va a constituir el pedestal sólido de un edificio frágil, de amenazado destino. —Eso es todo! Entonces la dependienta sepulta el cartón plano en una pirámide de papel rosa, que inmediatamente liga con un cordel castaño. Mientras esperamos el cambio, sostenemos el paquete por debajo; pero traspasada la puerta de la tienda, lo sujetamos por el cordel y lo apartamos un poco del cuerpo. Así es, ni más ni menos. Los pasteles del domingo se sostienen como un péndulo. Zahoríes de ritos minúsculos, avanzamos sin arrogancia ni falsa modestia. Esta especie de compunción, de seriedad de rey mago, ¿no es acaso ridícula? ¡Por supuesto que no! Si en las aceras dominicales se respira ese ambiente de paseo, la pirámide suspendida tiene mucho que ver en ello —tanto como, aquí y allá, algunos puerros que sobresalen de un cesto. Con el paquete de pasteles en la mano, tenemos el aspecto del profesor Tornasol —el que es necesario para saludar la efervescencia de las salidas de misa y las vaharadas de los P.M.U., de café y de tabaco. Sencillos domingos de familia, sencillos domingos de antaño, sencillos domingos de hoy, el tiempo se balancea, como una custodia, al extremo de un cordel castaño. Un poco de crema ha dejado una mancha justo encima de la religiosa de café. la cocina está tranquila. arremangados. una ensaladera. levantamos la cabeza para mirar al otro. a ver si el correo había llegado… —¿Puedo ayudarte? Por supuesto. un montón de guisantes en sus vainas. El pelar los guisantes no está pensado para dar explicaciones.Ayudar a pelar los guisantes Es casi siempre a esa hora muerta de la mañana en que el tiempo no nos empuja ya hacia la nada. No está bueno. Atravesábamos la cocina para ir al jardín. hacer la mañana más lenta. de proyectos. Podemos sentarnos a la mesa familiar y. para la tarea. ofreciéndose. Se habla del trabajo. que parece suscitado por un metrónomo interior. El último es tan minúsculo… A veces dan ganas de hincarle el diente. al final de una frase. pero es bueno prolongarlo. familiar. no de psicología. encontrar. y nos sorprende no tener las manos mojadas. casi abstracta. cocina del agua fría. Sobre el hule. y después: —Sólo falta ir a buscar el pan. vaina a vaina. Es fácil. Deslizamos las manos por los desprendidos granos que llenan la ensaladera. de fatigas. sino para seguir el proceso con cierta lentitud. ¡Qué suave! Todas esas redondeces contiguas forman como un agua de color verde pálido. son más recelosas —una incisión con la uña del índice permite entonces desgarrar lo verde y sentir la humedad y la carne densa. pero fresco como la cocina a las once. lejos todavía los perfumes cocidos a fuego lento de la comida. junto al fregadero. pacificador. y ésta se abre. Olvidados los tazones y las migajas del desayuno. Hablamos entonces con frases breves. mientras terminan de secarse. de golpe. apacible. Tendríamos para poco más de cinco minutos. Después. Algunas. De cuando en cuando. se hacen resbalar los granos con un solo dedo. un poco amargo. pero el otro debe mantener la cabeza inclinada —son las reglas. Una presión del pulgar en la ranura de la vaina. Nunca llegamos al inicio de la operación. Podemos ayudar. ese ritmo indolente. Un largo silencio de claro bienestar. . justo bajo la piel falsamente apergaminada. de las hortalizas peladas —muy cerca. y también ahí la música de las palabras parece venir del interior. unas zanahorias desnudas brillan sobre un paño. dócil. tan sólo una hoja de periódico. pelar guisantes. menos maduras. Es un placer al revés. con una afabilidad restrictiva. Pero en la copa. del martini seco. sí. un poco de oporto! Lo decimos con una ínfima reticencia. con un porte de altanera testa de gentilhombre. galoneada de oro. Pero el «bueno un poco de oporto» tiene más de concesión que de entusiasmo. Es la densidad aterciopelada lo que cuenta.Tomar un oporto De entrada. dejamos que el oporto remonte hacia una fuente cálida. Más granate que rubí. pero adormecida por el ceremonial de la copita. Nobleza clerical. Nos apuntamos. que se dilata a destiempo. por la sabiduría de los tímidos sorbos. A cada trago. mezza voce. destellos atenuados. . por el dulzor caduco —lo justo para sonrosar las mejillas de una jovencita. Sol cocido. Las tres «oes» de oporto reposan en el fondo de la botella negra. los fulgores. Mientras que los demás se entregan a la amargura triunfal y con cubitos del whisky. nosotros nos inclinamos por la tibieza de la vieja Francia. A cada lengüetazo. queda solamente la idea del negro. austera y. rojo y negro. Tamaña violencia. Oporto rueda en el fondo de un golfo sombrío. no somos de esos aguafiestas que rechazarían cualquier liberalidad aperitiva. Cada sorbo es una mentira. es como suave lava donde crecen historias de cuchillos. Desde luego. sin embargo. de soles de venganza. cuando la sobriedad se torna socarrona. Un oporto no se bebe. se paladea. y de amenazas de convento bajo el filo del puñal. pero también la fingida frugalidad. Un sabor perverso de fruto mate donde se habrían ahogado los excesos. pero poco a poco. a furtivos sorbos. sube con más fuerza el pesado terciopelo. suena a hipocresía: —¡Bueno. por lo afrutado del jardín del cura. Nada ocurriría si mordiésemos una de estas blancas carnes. Tenemos detrás de nosotros las altas hierbas y la humedad del huerto. de un recuerdo de bodega salitrosa. Es algo más… Un olor interior. De súbito. unos perfiles. Los arrugados frutos deben de estar deliciosos. El olor ha destilado la suavidad de la piel. espera. Pero no sentimos deseos de comérnoslos. de umbrío desván. con esa falsa sequedad en que el sabor confitado parece haberse insinuado en cada arruga. El olor de las manzanas es doloroso. el olor de un mejor nosotros mismos. dispuestas sobre enrejados —unas banastas puestas boca abajo. de pie. El olor ha atrapado todos los ocres. lluvia. en tierra batida. La lluvia bate los cristales. No teníamos deseo alguno de dejar que nos sumergiera el alma una oleada semejante. ¿Cómo habíamos podido privarnos durante tanto tiempo de esa infancia acre y azucarada?. . que huele intensamente? Claro que no. Secos los labios. todos los rojos. Con tinta violeta garrapateamos en el papel. ¿Decir que huele bien. Las manzanas están ahí.El olor de las manzanas Entramos en la bodega. Pero no hay nada que hacer. Es el olor de una vida más intensa. hay como un soplo cálido que se produce en la sombra. Ante todo. Está ahí encerrado el otoño de la escuela. l a tarde será larga… Pero el perfume de las manzanas es algo más que pasado. Pensamos en otro tiempo a causa de la amplitud y de la intensidad. No pensábamos en ellas. sabemos ya que esta sed no va a saciarse. Delante. con trazos gruesos. se apodera de nosotros. no hay que transformar en gusto identificable ese poder flotante del olor. mantenerse allí. su ínfima rugosidad. el olor de una lentitud que ya no nos merecemos. Pero hay que vivirlo allí. con un poco de verde ácido. El olor de las manzanas es un detonador. bóveda de bodega. Tendríamos que convertirnos en octubre. como si fuese el margen lo que contara. mientras caminamos. —¡Cinco cruasanes. la cálida luz de la panadería. Cual un Kerouac con las manos en los bolsillos. el rosa que se extingue. Estamos fuera. en medio del frío. impregnados de luz dorada. Pero cogemos un cruasán de la bolsa. en casa. Allá abajo. por ese paquete de cruasanes sostenido con la otra mano. este paseíto que le birlamos al día cuando todos los demás duermen. por supuesto. un poco aburguesada por esa barra de pan encajada bajo el brazo. en refugio. para atravesar el azul. nos hemos vestido y nos hemos deslizado de habitación en habitación. libres y ligeros. y la jovialidad de ese buenos días que la panadera reserva a los escasos primeros clientes —complicidad del alba. La acera está menos libre. el borde de las cosas. y nos saluda como se saluda a los valientes a la hora del combate. Exhalamos una nube de vaho en cada expiración: existimos. . Comienza el día y lo mejor de él ya ha pasado. Nos sorprendemos caminando por el bordillo de la acera como hacíamos de niños. nos hemos adelantado a todo: cada paso es una fiesta. en realidad es de neón. Volvemos a estar en la calle.El cruasán de la acera Nos hemos despertado los primeros. una baguette que no esté muy tostada! El panadero. es como si la mañana de invierno se hiciese creciente en nuestro interior. aparece al fondo de la tienda. Lo sentimos claramente: el camino de regreso no será el mismo. el gris. como si nosotros mismos nos convirtiésemos en horno. sobre la acera matutina. en el azul de la mañana orlado de rosa: un maridaje de mal gusto si no existiese el frío para purificarlo todo. Tanto mejor si la panadería queda un poco lejos. Hemos abierto y cerrado la puerta de la entrada con meticulosidad de relojero. Ya está. Es tiempo puro. es necesaria. La pasta está tibia. Esa pequeña golosina. Casi todos. Hace falta el suficiente vaho sobre el vidrio cuando nos aproximamos. en camiseta enharinada. Avanzamos más despacio. casi blanda. Con prudencia de explorador indio. pero la idea de calor le otorga un reflejo ambarino. entonces. ciertos caminos de la memoria. sin darle importancia. en que íbamos a buscar la leche a la vecina granja —como contrapunto. en lo de no del todo malva. nos convertimos en nuestra propia central eléctrica. con la cadencia de un motor de viento que hace girar. hemos reencontrado el viejo gesto: inclinarse hacia atrás. Está hecha para pedalear muy despacio. ronroneando. y darle al pulsador —a distancia de los rayos. la campiña se adormece bajo la regular vibración. al alba. el bamboleo de la lechera de metal cuya cadenilla bailaba. Salidas de pesca. . dejando tras de nosotros una casa dormida. el camino a la escuela con el recuerdo de los dedos helados. y el entrechocar de las ligeras cañas de bambú. Alrededor. ¡Hacía tanto tiempo que no montábamos en bicicleta entre dos luces! Un coche ha pasado tocando la bocina y. El ligero frrr frrr tranquilizador parece no haber cesado nunca. A pedaladas redondas. Regresan entonces los amaneceres de la infancia. El delgado haz amarillo del faro vuelve de inmediato la noche completamente azul. Sobre el fondo de la dinamo. Tardes de verano. la mano izquierda colgando. la rueda. nos movemos regularmente. con tranquilidad. La adhesión del caucho del neumático al tapón ranurado de la dinamo da menos la sensación de un estorbo que la de un placentero amodorramiento. Pero lo importante es la música. Qué felicidad provocar el asentimiento dócil de la botellita de leche que se inclina contra la rueda. por supuesto. La dinamo abre siempre el camino de una libertad que hay que degustar en lo casi gris.El ruido de la dinamo Ese suave roce que frena y frota. No. No es el roce de un guardabarros que se mueve. atentos al funcionamiento del mecanismo neumático. cuyas dos mitades se desencajaban siempre. La asimilamos a los gargarismos. es un instante precioso. tenemos la apariencia de alguien que se cuida sanamente. El sudor brota de nuestras sienes. De lejos. translúcido. Calentamos agua. probablemente. y que nos dejaba marcas bajo los ojos. El viaje comienza. El frasco de Fumigalén está ahí. Ya está. Pero sumergidos en el vapor de las fiebres interiores. una figura anticuada aspira una voluta de humo blanco como la nieve. el vapor surge del agua. Desde fuera. Debajo. mientras procuramos que se nos compadezca. Pero aún más sutil. color puré de guisantes.La inhalación ¡Ay. que dejan en la boca un sabor metálico e insulso. Pero ahora. conforme se envejece. incluso podíamos leer. Nos tapamos la cabeza con una toalla. Alejando un poco el libro. profunda. Basta con verter el agua hirviendo en un tazón. que nada más vertido se difunde en una nube verdosa. en la repisa. es otro cantar. El agua surge del vapor. no deseamos ya alzar el velo. Está el grog. Sí. nos inicia en el poder del perverso Fumigalén. los ruidos de la preparación de la comida nos llegan desde un mundo simple. tenemos tan pesada y cargada la cabeza… Albergamos de repente la impresión de que alguna mejoría nos vendrá de la cocina. Al principio cuesta decidirse. quedamos sepultados. muy lejos. la inhalación se nos antoja amarga. al lado de las bolsitas de tila y de té. cerca del horno. esas leves enfermedades de la infancia. pronto. nos encontramos tan mal. Pero es en el interior donde sucede lo más importante. Antes teníamos un inhalador de plástico. . una cierta simplicidad funcional puede aliviarnos. del fregadero. del refrigerador. Perfectamente inmóviles. Muy cerca. hemos perdido este artefacto y todavía es mejor así. erramos deliciosamente con gestos de una amplitud anfibia en la jungla pálida del veneno verde suave. En la etiqueta. vagamente venenosa. añadirle una cucharada de ese líquido dorado. Esto es lo que nos decide: esa impresión de enlazar con un rito pasado de moda. los placeres de la enfermedad son cada vez más raros. sea la voluptuosidad de la inhalación. Una especie de reblandecimiento cerebral nos gana. con una energía mecánica y dócil. que nos dejaban algunos días de convalecencia para leer en la cama tebeos de Bugs Bunny! Por desgracia. y caemos pronto en una transpiración confusa. en la torpeza. Pero después de todo. Tomar un grog bien cargado. Una respiración regular. Nos dilatamos en la evanescencia y. por supuesto. aparentemente dedicada a la liberación metódica de los senos nasales. La locura nos impulsará. Justo antes de sentarnos a la mesa. que cambia todo sin cambiar nada… A veces decimos: «Casi hubiéramos podido…» Es la frase triste de los adultos que sólo han guardado en equilibrio sobre la caja de Pandora la nostalgia. Estamos apenas a principios de marzo. a pasar. que toma a contrapié las certidumbres. una fuerza tranquila. viento y chaparrones. Una vida casi: la frescura al alcance de la mano. el sol ha llegado con una intensidad mate. algo ligero que flota. parece una locura. el rumor de fuera. la semana no ha sido otra cosa que lluvia. Lo que importa es el momento de la breve frase. la mesa puesta.Casi podríamos comer fuera Es el «casi» lo que cuenta. dedicada a la transpuesta degustación de los ritos domésticos. con desplazamientos contradictorios. cuando las crudités están ya sobre el mantel. la hierba está tan alta… Pero tanto da. La ventana entreabierta. en el momento frágil de una honesta vacilación. La comida está preparada. a proponer jerseis. ¿Demasiado tarde? El porvenir será lo que nosotros queramos que sea. febrilmente. «Casi podríamos comer fuera». . todo ha cambiado. y el modo potencial. La frase llega siempre en el mismo momento. Y después esto. cuando parece que es ya demasiado tarde para trastornar el tiempo. a precipitarnos fuera. un paño por la mesa del jardín. Pero incluso dentro. Hay días en los que casi podríamos. Una fantasía modesta. sin orientar de antemano el fiel de la balanza. Casi podríamos… Qué agradable es la vida en potencial. probablemente. O bien nos resignaremos a comer al abrigo —las sillas están demasiado mojadas. Ya desde por la mañana. De entrada. como antaño en los juegos infantiles: «Vale que tú serías…» Una vida inventada. Pero hay días en los que se atrapa el día en el flotante momento de los posibles. a canalizar la ayuda que cada uno despliega con torpe jovialidad. Un vientecillo de sensata locura. donde duerme todo el último sol. que semejan los mismos colores del papel vergé con que forramos libros y cuadernos. resulta agradable esta excursión que huele ya a septiembre. nos deslizamos hacia el otoño. El camino es muy suave. Los niños se ponen serios. en arqueadas formas. Comenzamos a recolectar sin demasiado frenesí. Entre dos chaparrones. Hemos cogido moras. Cada año. sin demasiada disciplina. consumido esa misma noche. Un sorbete de moras. dentro de algunos días. Pronto tenemos las manos manchadas de negro. Bastarán dos o tres tarros de mermelada. Porque son los niños los que dan el tono a la vuelta de las vacaciones. Nos las limpiamos. un gusto acidulado. por encima de las perlas malvas del brezo. en la linde del bosque. . a lo largo del caminito. la luz reavivada se ofrece todavía cálida. Se habla de todo y de nada. Por eso. de comer juntos. los tallos y las espinas ese matiz vinoso. en las doradas hierbas. Sólo un telefonazo. todo volverá a comenzar. mal que bien. una dulzura helada. hemos cogido el verano. evocan su miedo o su deseo de tener tal o cual «profe». los helechos se tiñen de rojo.Ir a coger moras Es un paseo para darlo con viejos amigos. relleno de frescor umbroso. En la breve curva de los avellanos. Cada cual se ha provisto de una caja de plástico para que no se chafen las bayas. y llueven. No ha habido necesidad de invitarse. Pero el mejor placer es el del sorbete. Las moras son pequeñas. los zarzales son más espesos. que no tardaremos en degustar en los desayunos del otoño. de brillante color negro. Las hojas tienen ese verde mate y profundo. y el sendero de las moras tiene sabor de colegio. íbamos a proponeros lo mismo! Volvemos siempre al mismo lugar. al final del verano. apenas ondulado: un camino para conversar. Pero mientras las cogemos. El regreso de las vacaciones está próximo. En la linde del bosque. al iniciarse la tarde del domingo: —¿Venís a coger moras? —¡Qué curioso! ¡Precisamente. más impenetrables. preferimos saborear aquellas que conservan todavía algunos granos rojos. un remedo de poder… ¡Pero el primer trago! ¿Trago? Empieza mucho antes de la garganta. falsa miel. lentamente. Leemos con satisfacción. acaso. cada vez más anodinos. ya lo sabemos: lo mejor ya ha pasado. punteado por un suspiro. El último. Reposamos nuestro vaso e incluso lo alejamos un poco sobre el posavasos cuadrado. un chasquido de lengua. frescor amplificado por la espuma.El primer trago de cerveza Es el único que cuenta. Es un placer amargo: bebemos para olvidar el primer trago. el bienestar inmediato. frío sol. el decepcionado alquimista tan solo salva las apariencias y bebe cada vez más cerveza con cada vez menos alegría. de producirse y de escapar. sobre la superficie del cristal el nombre concreto de la cerveza que habíamos pedido. con una avidez falsamente instintiva. con la desilusió n de acabar. cada vez más largos. Pero. todo está escrito: la cantidad. Nos gustaría guardar el secreto del oro puro y encerrarlo en fórmulas. ese oro espumoso. reencuentra. Ya sobre los labios. sobre el paladar. ¡Qué largo parece. a un tiempo. felicidad tamizada de amargura. De hecho. ante su mesita blanca salpicada de sol. una abundancia engañosa. el primer trago! Nos lo bebemos de un tirón. nada volverá a multiplicarse. después. Saboreamos el color. ese ni mucho ni poco que constituye el principio ideal. Los otros. o un silencio que vale por ambos. responderse hasta el infinito. Mediante todo un ritual de sensatez y de espera querríamos controlar el milagro que acaba. Pero continente y contenido pueden interrogarse. . la engañosa sensación de un placer que se abre al infinito… Al mismo tiempo. sólo dan una tibia pastosidad. el ronroneo del contador. muy dulce. Área de servicio. todo parece dócil. amargor. Pero es un sabor abstracto. Es agradable dejarse seducir por este espacio. una pasada de limpiaparabrisas. a medianoche. Poitiers-Norte. Unos pasos entumecidos. Pero. Afuera. con un pie en el acelerador y un ojo en el cuentakilómetros. Y luego. Poitiers-Sur. en el haz de los faros. El aire es fresco. Super + 98.La autopista de noche El coche es extraño. Vamos a detenernos. la cafetería. Es la idea del café lo que cuenta. que también cuenta lo suyo. El sueño ha pasado. una realidad ciega que borramos con un viejo resabio de picardía holgazana: esta Francia virtual que abolimos. la nave reencontrada. un espesor vagamente pegajoso. azul frío. para escuchar las noticias. igual que el puerto se adelanta al final de un viaje en barco. el cascarón en el que nos embutimos. Express. Al alcance de la mano. el volante. reina la misma quietud. En ese silencio acolchado de soledad. algunas siluetas que se cruzan. unos caramelos de regaliz mentolada. como una diminuta casa familiar y como una nave espacial. impone su poder. entre el carril a la derecha y los matorrales a la izquierda. al mismo tiempo. no el gusto. . Atravesamos la noche. estamos un poco como en una butaca de cine: la película desfila ante nosotros y parece lo esencial. Ni siquiera tenemos necesidad de la radio —dentro de un momento quizás. naranja pálido. una ligera presión en el elevalunas. próxima salida: Marais Poitevin— tienen nombres muy franceses que huelen a clases de geografía. Pero abrimos el cristal de golpe y el exterior viene a abofetear nuestra somnolencia: es la cruda velocidad que resurge. ciento veinte kilómetros por hora tienen la densidad compacta de una bomba de acero lanzada entre dos carriles. como en todas las estaciones. Por supuesto. pero nada de palabras. Tanto mejor si el alba aún queda lejos. todos los refugios nocturnos. esos polos fosforescentes de color verde eléctrico. es una lección de más que no aprenderemos. Calor. la mirada vaga. el habitáculo nos maneja. Pero en el cuadro de mandos. Ese asentimiento mecánico de la manguera dispensadora. A la vez. Las señales espaciadas — Futuroscope. todo obedece: el cambio de marchas. diez kilómetros. pero la imperceptible levitación del cuerpo da la sensación de una dependencia consentida. Afuera. aplastada a lo lejos y cada vez más ancha. Después. Percibimos ya la catedral de luz. .. cerca del espejo claveteado. no! Ni en el Turbotren. Avanzamos por el pasillo. con etapa en los ceniceros plomizos grabados S. En un cuadrito metálico.C. En medio de una vaharada de calor eléctrico y blando. adecuada a los usos compartimentales. Una escapada hacia el paisaje parece de buen tono. al tentempié. una especie de inquietud apesadumbrada que forma parte del rito. podemos arrellanarnos al lado del pasillo y estirar las piernas. Nos sumergimos de nuevo en la época en que el viaje era un acontecimiento. más o menos distante: se nos evalúa de arriba a abajo. ¡Ni hablar del anonimato de los vagones monolíticos! No saludar. cuando se nos esperaba en el andén de la estación con preguntas protocolarias: —No. se accede por efracción a una intimidad más o menos repantigada.En un viejo tren ¡No en el AVE. La mirada de cada pasajero obedece a una breve gimnasia instintiva y compleja: pausa posible en el suelo de caucho negro entre los pies de los ocupantes. Desde ese momento. un anciano que ha bajado en Les Aubrais. Respiramos casi un olor de salchichón cortado con navaja. se nos acepta en él con un asentimiento que tiene algo de borborigmo. Las posiciones intermedias —las más interesantes sin embargo— se han de efectuar furtivamente. ¿Por qué? Nunca lo sabremos. presentimos el despliegue de la servilleta de cuadros rojos. ni siquiera en un expreso. Pero nadie se engaña: la acuidad del ojo desmiente entonces el pudor de su carrera. dos militares. la foto en blanco y negro de Moustiers-Sainte-Marie (Altos Alpes) no suscita sin embargo deseo alguno de evasión. donde el ojo vuelve para posarse a placer.F. Habiendo requerido el honor de integrarnos en el salón familiar. El primer gesto que lo cambia todo es el de abrir la puerta del compartimiento. Pero es más arriba. incluso. Evoca más bien una vida antigua. la apertura automática de una puerta deslizante. Esperábamos la asepsia funcional de un largo vagón. Es el sésamo. Pero en esta línea familiar. Sino en uno de esos viejos trenes color caqui que huelen a años sesenta. pausa prolongada de bienvenida hasta encima mismo de los rostros. han puesto hoy en servicio un viejo tren de otros tiempos. Al lado del pasillo: una pareja joven. si he venido muy bien. no informarse sobre la posibilidad de tomar asiento revelaría barbarie.. Es necesario.N. el púrpura y amarillo de Raymond Poulidor. el azul-blanco-rojo de Roger Rivière. en la que el pueblo se distribuye al hilo de las llanuras. cruzamos una Francia recalentada. no vemos el Tour de Francia. la canícula de julio. la luz! Sin embargo. . lo que me gusta del Tour son los paisajes! De hecho. las etapas de llano también son seguidas. y otorga su justo valor al despliegue de la caravana publicitaria. A través de las ruedas lenticulares. si es para contemplar el Tour de Francia. fosforescentes. con sus mangas tan cortas. ¡Pero embrutecerse ante un aparato de televisión cuando los bosques son profundos. que escapa al farniente bestial. vemos todos los antiguos maillots de lana —el amarillo de Anquetil. Vemos los Tours de Francia. un poco de vulgaridad franchuta no hace sino subrayar la dimensión mítica de los héroes. más compacto. Además. festiva. Se trata de un rito respetable. Menos decisivas. en ocasiones desbordado por algunos chiflados fuera de sí.El Tour de Francia El Tour de Francia es el verano. los veranos se asemejan y los ataques más impetuosos tienen el sabor de la menta con agua. en cada imagen del pelotón lanzado por las carreteras de Auvernia o de Bigorre se inscriben en filigrana todos los pelotones del pasado. En la pantalla del televisor. El sentimiento de ver pasar el Tour es aquí más recogido. tenemos derecho a ello. cuando el agua promete la frescura. Mercier-BP-Hutchinson. adivinamos los tubulares cruzados en las espaldas de Lapébie o de René Vietto. El verano que no puede acabar. En las casas. Pero ante el fondo del pedregoso Galibier. se echan las persianas. del brumoso Tourmalet. La ósmosis entre los hombres y el decorado se efectúa con un fervor de niño bueno. Siempre hay alguien que dice: —¡A mí. la vida se torna más lenta. debidamente rubricado con un Helyett bordado. danza el polvo en los rayos del sol. de las ciudades y de los puertos. a la blandura vegetativa. Poco importan los vuelcos en la clasificación general. Quedarse encerrado cuando el cielo es tan azul parece ya discutible. Es la idea lo que importa: comunicar por un instante con toda la Francia del sol y de la siega. La gravilla solitaria de La Forclaz se esboza sobre el asfalto superpoblado del Alpe-d’Huez. Sí. Bajo los maillots fluo. Una saludable perversidad viene en socorro del apetito que flaquea. Pero qué le vamos a hacer. —¿Y usted? —Un banana-split. Afortunadamente.Un banana-split No lo tomamos nunca. el banana-split se expande: es un placer a ras de tierra. y hasta la copa de cuatro frutos rojos la comedida exuberancia estival. arrebatamos al mundo adulto un placer indecente. En toda la sala no observamos más que delgadas copas para cigüeñas o estrechos pasteles en los que la intensidad chocolatosa se recoge en un hético platito. casi insulso a fuerza de opulencia azucarada. Porque el banana-split se sirve en plato o en una amplia barquilla apenas más discreta. se nos van un poco las ganas. Es demasiado monstruoso. Nos hemos movido demasiado. ninguna reticencia estética. los clientes de las mesas vecinas contemplan el plato con una mirada guasona. exacerbado por una generosa dosis de nata hortera. no nos hemos saltado en el menú la línea reservada al banana-split. el apetito en bruto. Hemos trabajado hasta la isla flotante la ligereza vaporosa. A fin de cuentas. Así que. reprobado por el código: hasta la última cucharada. Esa montaña de sencillo placer es muy difícil de pedir. por una vez. Cuando nos lo traen. Él es el que nos va a permitir llegar hasta el final de toda esta lánguida dulzura. Igual que de niños robábamos dulces de la alacena. En cambio. Miles de personas se mueren de hambre en la Tierra. el remordimiento se instala en nosotros. en la gama de tonos amargos. este pensamiento es admisible ante un pastelito de chocolate amargo. que no avala ninguna moral dietética. lo inaprensible. estos últimos tiempos. ¿Pero cómo afrontarlo ante un banana-split? Una vez que tenemos esta maravilla ante nosotros. El banana-split es la glotonería provocadora y pueril. . es un pecado. El vago apilamiento del plátano sobre las bolas de vainilla y de chocolate no impide el despliegue. Tiene algo de infantil ese deseo total. El camarero toma nota con una objetividad deferente. pero no podemos evitar sentirnos un tanto avergonzados. en el camafeo refinado. Desde luego. si quieres puedes ayudarme a pelar patatas! Con un mondador en la mano. No. los pies en el barrote un tanto alto de la silla de enea. la conversación se cocerá en la cocina —¡mira. ligeros. La vida ya no se mueve: se ha dejado invitar por sorpresa. Los desplazamientos no están limitados. Ya no son necesarias todas esas palabras que fluyen sin parar. Y de repente: —¿Te quedas a cenar? ¡Algo sencillo. a lo que salga! Son deliciosos los pocos segundos en los que presentimos que la proposición va a llegar. se dicen cosas más profundas y naturales. Únicamente habíamos pasado para informarnos de algo. en dos segundos. de una confraternidad lejana —¿quizá la de aquellas tardes en las que hacíamos los deberes en la mesa de la cocina? La conversación se espacia. . Sin preocupaciones. a los armarios. nos sentimos adoptados. Una voz dice: «creo que ya está todo listo» y rechazaremos el aperitivo —de verdad. nos sentaremos para charlar alrededor de la mesa puesta. libres. Invitados por sorpresa. Aún nos quedaba trabajo que hacer para el día siguiente. Lo mejor ahora son esas suaves pausas entre las palabras. no estaba previsto. desde luego. ¿Dónde pones la mostaza? Hay perfumes de echalonia y de perejil que parecen llegar de otro tiempo. nos sorprende la novedad: podemos cambiar el curso de las cosas en un abrir y cerrar de ojos. El día había sido tan previsible. nos dejaremos invitar. Nos sentimos bien siendo el invitado por sorpresa. somos un poco como de la familia. Nos comemos un rábano al pasar. Es la idea de prolongar un buen momento. sobran los cumplidos: no nos van a colocar en un sillón del salón para tomar un aperitivo como es debido. pero también la de trastornar el tiempo. Tenemos acceso a todos los rincones. casi de la casa. Con el gato negro de la casa acurrucado en las rodillas.Invitado por sorpresa A decir verdad. En este caso. Hojeamos al azar un libro de la biblioteca. Antes de cenar. la noche se anunciaba tan segura y programada… Y de pronto. A ras de suelo. con los brazos estirados. De lado. la arena se cuela. Al leer durante demasiado tiempo con los brazos estirados. Tumbados de espaldas. No está mal para unos minutos. otro espacio abierto. apoyados en un codo. los granos de arena se amontonan. pierden su brillo. es casi imposible. Cabalgar a la d’Artagnan en la pesada inmovilidad de julio. el libro por encima de la cara. Todas esas posturas sucesivas. y enlazar con un mundo balneario de canotiers. entonces nos incorporamos. y luego nos damos la vuelta. hace siempre un poco de viento. El tema del libro también cuenta. la arena desparramada adopta secretos de tuareg. granuloso y blanco de las ediciones originales. . de sombrillas. la barbilla se hunde. En el papel grisáceo y ligero de los libros de bolsillo. acaban por ser olvidados: son tan sólo un peso adicional que dispersamos negligentemente al cabo de algunas páginas. lentas y azuladas sombras. Leer A la sombra de las muchachas en flor. con ambos brazos doblados ante nosotros. Se dispersa por las asperezas cremosas y brilla aquí y allá. de saludos destilados a la antigua usanza. entonces. resulta también muy incómodo. Es una puntuación suplementaria. en las páginas. Los cristalillos micáceos se cuelan en la encuadernación. la mano pegada a la sien. hay que sostener. leer en la playa. Zambullirse bajo el sol en la desgracia lluviosa de Oliver Twist. los brazos cruzados contra el pecho. Pero también es grato trabajar el «color local»: estirar hasta el infinito El Desierto de Le Clézio en nuestro propio desierto. la boca bebe la playa. esos intentos. Pero en el papel pesado. El sol nos deslumbra. Así que terminamos boca abajo. esas irregulares voluptuosidades. ¿Por qué? Empuja la lectura hacia una amplitud un sí es no es melancólica. Leer un pasaje del Diario de Léautaud. y. con una sola mano desplazándose a intervalos para pasar las páginas y marcarlas. Es una postura adolescente. donde vilipendia precisamente los cuerpos amontonados en las playas de Bretaña. son la lectura en la playa. Obtenemos hermosas satisfacciones jugando con el contraste. Tenemos la sensación de leer con el cuerpo. esas lasitudes.Leer en la playa No es nada fácil. la otra mano sosteniendo el libro abierto y pasando las páginas. una sonrisa demasiado cortés para ser sincera. No. y esta prolongada incertidumbre nos hace sentirnos un poco más incómodos. unos metros más allá. No sabremos si el joven es o no el dependiente. entre las cajas de alheña y las pastitas tunecinas color verde almendra. amarillo dorado. mientras sacudimos con la otra mano el azúcar en polvo que nos caído en el jersey. Pero en la calle. pero que suena a auténtica.Los lúkums en las tiendas de los árabes A veces. La tienda es estrecha y llena a reventar de arriba abajo. . aún más aséptico. pero nunca nos apetece ese tipo de lúkums. de tapadillo. rosa caramelo. nuestra confusión aumenta. donde incluso el color rojo de los botes de Coca-Cola ha cobrado un aire cabileño. Lanzamos una maravillada ojeada a la cueva del tesoro. en medio del frescor de la noche. si usted quiere. Pagamos sin triunfalismo y partimos casi como ladrones. Entramos en ella con una timidez condescendiente. La amplia hoja transparente y satinada que separa las capas y les impide pegarse parece impedirnos también obtener placer de ese lúkum entre dos dedos —lúkum de después del café. Es el lúkum de la vuelta de un viaje o. repleta de garbanzos y de botellas de Sidi Brahim. disponíamos siempre de un beréber con un gorrito azul y nos lanzábamos llenos de confianza. con la bolsa en la mano. obtenemos nuestra recompensa. desestabilizada por este universo en el que los papeles no están repartidos con claridad. Mala suerte si se nos llenan las mangas de azúcar. Ante esta amabilidad prodigada con un desenfado que nos tememos ligeramente burlón. ¿Seis lúkums? ¿De rosa? Todos de rosa. pero en cualquier caso. en la acera. a riesgo de pasar por lo que somos: un zafio goloso y desamparado. El muchacho de pelo crespo ¿es el dependiente o el amigo del hijo del dueño? Hasta hace unos pocos años. Pero ahora hay que arriesgarse a ciegas. Es curioso. el lúkum deseable es el lúkum de la calle. alguien nos regala unos lúkums en una caja de madera blanca pirograbada. El lúkum del árabe hay que degustarlo así. vende. el lúkum-regalo-del-último-momento. Lo vemos en el escaparate: una pirámide modesta. que aprehendemos sin convicción con la punta del incisivo. Pero ya el dependiente ha colocado nuestros lúkums de rosa en una bolsa de papel. Nos sentimos calados. más tarde. con abundante espuma azul. Nos sentimos en otra parte. Todos los domingos por la noche están ahí. sobre un fondo de inquietudes escolares y de amores inventados. Es intensa como una lluvia de verano. Y es entonces cuando hace su aparición la ligera melancolía. Nos queda un largo margen. las fotos se revelan. ese pequeño mal y bien que retorna. Nos preparamos un baño. Eso sí. con mucho tiempo para quedarse flotando entre dos naderías algodonosas. El más estúpido nos vendrá de perlas. Caer en la fascinación de esas diminutas ondas en la punta de los dedos arrugados por el agua caliente.Los domingos por la noche ¡Los domingos por la noche! No ponemos la mesa ni hacemos una auténtica cena. esa ligera nostalgia que se insinúa. Un auténtico baño de domingo por la noche. Poco a poco. . sin excusa! Es como el agua del baño: un embotamiento que amodorra y nos llena de un bienestar palpable. buenísimo el vasito de burdeos bebido sobre la marcha. cuando se vacía la bañera. mirar por mirar. sin coartada. Creemos que vamos a estar a gusto hasta la noche. ¿Coger un libro? Sí. con vagos recuerdos de paseos a pasos contados. Por el momento. En el agua del baño. Cada cual va por turnos a la cocina para picar al azar un tentempié todavía endomingado —buenísimo el pollo frío en un bocadillo con mostaza. el televisor se nos vuelve insoportable y lo apagamos. con la mente en zapatillas. extraerse de allí. para acabar la botella. El espejo del cuarto de baño se vuelve opaco y los pensamientos se reblandecen. a veces hasta en la infancia. sin deseo. Y después. en esa falsa burbuja donde nada se ha detenido. un programa de televisión será suficiente. ¡Ah. familiar —son los domingos por la noche. Los amigos se han ido al dar las seis. no hay que pensar en la semana que termina ni mucho menos en la que va a comenzar. brumosas. ese dejarse hacer? Vemos claramente delante de nosotros a algunos incondicionales de la precipitación que multiplican la velocidad de la acera con largas zancadas. Los ignoramos: su deseo de infundir mala conciencia tiene algo de zafio y de ridículo. Es inmensa. esa acera que desfila. En sentido contrario se deslizan hacia nosotros siluetas hieráticas. infinitamente rectilínea. el pasillo reservado a los caminantes impenitentes. se experimenta el mismo tipo de vértigo que cuando bajamos una escalera a oscuras y pensamos que hay un último escalón que no existe en realidad. de que permanezcan en la corriente. Hay una fiebre benéfica. Hay que atenerse al encanto acaparador de la acera mecánica. Pero es mucho mejor permanecer ojo avizor. Pero aquí no hay escalones desplegándose como mandíbulas de caimán. desdeñosos de las facilidades de la acera mecánica. ¿Es el deslizamiento de la cinta el que nos obliga a una cierta rigidez o bien compensamos por una reacción de amor propio ese súbito dejarse llevar. Los esclavos del estrés urbano tienen derecho a cierta redención. Destinos aprehendidos un segundo. Caminan muy deprisa. Nos adentramos en ella con la misma aprensión que en las escaleras mecánicas de los grandes almacenes. la mano posada en la negra barandilla. todo se tambalea. somos como un personaje de Magritte. Extraña forma de cruzarse. Una vez embarcados en esas aguas vivas. . próximos e inaccesibles en esa huida acelerada que finge la indiferencia. un envoltorio de banalidad urbana cruzándose con dobles evanescentes en una cinta infinitamente plana. preocupados por demostrar la inanidad de las concesiones a la pereza. Todo se produce en la horizontalidad. a lo largo del rail melancólico. silenciosa. En su origen. Más lejos. rostros casi abstractos que planean sobre un fondo de espacio gris. De golpe. de que conviertan en aceleración objetiva ese nebuloso alivio en su recorrido del combatiente. un tránsito tan colosal. y en una y otra parte hay la misma mirada falsamente ausente. A condición. En la inmovilidad que se escapa. hay casi una confesión: no puede imponerse un pasillo tan largo.La acera mecánica de la estación Montparnasse ¿Tiempo perdido? ¿Tiempo ganado? En todo caso. es un largo paréntesis. eso sí. la acera mecánica de la estación Montparnasse. Al mismo tiempo. en ese volumen concebido para desafiar una superficie. el paralelismo. hay que estirarse en la torpeza y sacudirse hacia la salida como sonámbulos. Ningún aroma. enterrarnos. conservar durante algunos segundos ese extraño torpor. Entonces. una luz de acuario tamiza las conversaciones a media voz. No ha empezado la película. ni siquiera que nos arrellanemos en el asiento. sumergidos en el espacio de un haz de luz donde revolotea el polvo. la muerte. Apenas si estamos con los demás. en apnea. Somos la vida. Lo que importa es esa especie de flotación algodonosa que experimentamos al entrar en la sala. abolido por la pantalla. tal vez. en el azul. permanecemos postrados. . peces del aire. ciertos silencios en los momentos en que reiríamos nosotros mismos. peor aún. amortiguado. el amor. entre compacto y mullido. Ante todo. juzgarán. pájaros del agua.El cine El cine no termina de ser una salida. Caminando por la moqueta. No puede decirse que nos sentemos. Luego. Se hace la oscuridad. ¿Qué sabemos de ese desenfadado gigantón que lee el periódico. abstracta. El compartir se detiene ahí. Cual patosos astronautas. el altar se ilumina. En la vertiginosa moqueta. Es preciso domesticar ese volumen rechoncho. ninguna corriente de aire en esta sala volcada en una espera plana. acurrucarnos. la guerra. no hay que dejar caer en seguida las palabras que romperán. Cuando la palabra fin aparece. y. descendemos con falso aplomo hacia una fila vacía. avenida de Nueva York o lluvia de Brest. en los momentos en que nosotros no reiríamos —o. con pequeñas y placenteras sacudidas. cualquier cosa puede llegar de ese falso escenario sin profundidad. o casi. la insoportable luz se enciende. Estamos en el fondo de la piscina. la orientación hacia la pantalla mezclan la adhesión colectiva con el placer egoísta. El cuerpo se adormece y nos convertimos en campiña inglesa. Vamos a flotar. no nos damos a conocer. En el cine. esperar pacientemente a que el gigantón del periódico pase delante. puntualizarán. acolchado. Todo está abombado. Nos enroscamos poco a poco. Salimos para escondernos. tres filas más adelante? Algunas risas. esperábamos alguna cosa. . puré de guisantes. Las auténticas noches de helada. Elegir la comodidad de las melancolías. Un jersey muy grande: el cuerpo desaparecerá. los erizos de las castañas. rojo de la tierra. mientras esperamos… Incluso para nosotros mismos es bueno vivir el final de las cosas en todos sus tonos. Un jersey holgado de hombros. lleno de las contrariedades de la vuelta al trabajo. cabelleras ofelianas. la hierba rala. ¿Y por qué no color crudo? Un jersey de punto grueso. salvaje y solitario como los campos de turba. como si alguien tuviera todavía el tiempo de tejer para nosotros. un jersey nuevo de otoño. cuando el sol sólo es agradable a las cuatro de la tarde. los sotobosques. Al reencontrarnos con la lluvia. ese vino cálido. aceptábamos que todo no fuese sino un paréntesis antes del invierno. pan con mantequilla-pan de especias. de cepas y de agua.El jersey de otoño Siempre es más tarde de lo que pensábamos. Pero un jersey nuevo: elegir el nuevo fuego que va a empezar a apagarse. Reflejar la estación en la suavidad de la lana. whisky rugoso. de día el cielo azul sobre las primeras hojas amarillas. Octubre. cuando todo cobra la suavidad oblonga de las peras que han caído de la espaldera. Comprar el color de los días. el rojo rosado de las rúsulas. ¿De tonos verdes? Un verde Irlanda. brumoso. inaprensibles aromas de ferias y de bosques. a rombos. Septiembre ha pasado deprisa. Octubre. nos dijimos: «Ya está aquí el otoño». Vestir los castaños. seremos la estación. deseo de merendar como antaño. rojo del cielo. bosques sobre todo. esa suave molicie de la luz. sin confesárnoslo demasiado. Pero en alguna parte. Entonces hace falta un jersey nuevo. ¿Y rojizo? Hay tantos tonos rojizos. y hasta casi nada. la autopista desciende rápidamente hacia un valle sin especial encanto. La vida rueda su propia película y el parabrisas del coche puede convertirse en pantalla y el autorradio en una cámara. Es como si descubriésemos la realidad de un lugar que no teníamos deseos de conocer. en cada ocasión. muchos homenajes. con una leve fatiga. Escucharemos. Mas es el viaje el que hace que esto sea así. que únicamente asociábamos con un cierto aburrimiento. con un gran camión Antar en el carril de la derecha. Ocurre en una fracción de segundo. o la de comenzar a inquietarnos por el cambio para el peaje. La muerte de Jacques Brel es una autopista de tres carriles. El tiempo pasará. Es posible que incluso el camión Antar rojo y blanco del carril de la derecha permanezca en la imagen. presentados por…». ese estallido físico de la ovación cuando cantaba Amsterdam en el Olympia en 1964. Una breve sintonía y después: «La noticia acaba de llegar a los teletipos: Jacques Brel ha muerto. pero no podemos hacer nada. que remonta hacia el valle del Sena. Sabemos que la foto ha sido tomada. una singularidad que no sospechábamos. De súbito. Es absurdo o mágico. el paisaje queda recortado. adquiere un carácter. resurgirá el valle de la autopista en el instante de la noticia. Pero. la hora de los informativos. .Enterarse de una noticia en el coche «France Inter. Luego unos pocos menos. Hemos pasado por aquí cien veces. muchas canciones de Brel. son las diecisiete horas. » En este paraje. con una morosa abstracción del trayecto. Pero todo eso va a desaparecer. recuerdos de adolescencia ligados a canciones. esa falsa familiaridad de los paisajes que se borran el uno al otro y que un día se cristaliza. en algún lugar entre la salida de Évreux y la de Mantes. detenida su imagen. Esta cuesta de tres carriles tan anónima y gris. De Jacques Brel teníamos montones de imágenes. Fragmentos de película nos ruedan en la cabeza. sin otra preocupación que la de adelantar a un camión. primero. pero el ciruelo. . Es él quien tiñe de rubio todo el huerto: el de las lechugas perezosas. en algún lugar de Aquitania. Algunos frutos han caído en la pequeña avenida que corre en torno al huerto. los verdes. más reservados. un poco más oscuro en el corazón del receptáculo. prudente. el agua que salga de ahí no puede tener violencia calcárea. de la inmovilidad sobre todos los amarillos. Las curvada irregularidad de sus meandros. al inicio de la tarde. Es a mediados de agosto. la vetustez de sus empalmes envueltos en cinta aislante y cordel tienen algo de familiar. y algunos granos de azúcar pegados en la frágil piel: los frutos caídos se han abierto y lloran una carne albaricoque oscurecida por la tierra mojada. desluciendo la seducción adolescente de los racimos verdes que devoran el sol de agosto. Al fondo. no del todo maduras. las ciruelas parecen de color malva. que viene a feminizar la oblonga calidad mate del fruto moteado de arena rojiza. mientras los otros. De ahí manará por la noche un agua pacífica. Hay tomates de un verde pálido. unos se atracan de luz. Hay un escabel arrimado al ciruelo injertado. En torno a un largo tallo de bambú se halla la manguera de desvaídos colores.El jardín inmóvil Caminamos por un jardín. De lejos. Hace calor. En la hora que no acaba de pasar. Querríamos mantenernos a la sombra. La última lluvia los ha manchado con un poco de tierra. encontramos aquí el pardo desecamiento. Aquellos no parecen arquear la rama. de tranquilizador. a lo largo del murete de piedra. Sólo los tomates maduros tienen la sensualidad inclinada. Los racimos oscilan entre el oro pálido y el verde acuoso. conservan una película de vaho-polvo. Pero el frescor más acidulado. justo la necesaria. degustar precisamente la paciente declinación de los colores. Ni un soplo de viento. y otros de un casi naranja donde duerme un toque de ácido. Pero ya algunos granos se tiñen de morado. corre el peral en espaldera. las ciruelas. Incluso la luz semeja dormir sobre los tomates: tan sólo un punto brillante en cada fruto rojo. se ha hecho tarde para las frambuesas: lejos del terciopelo rubí-granate. como si su delgadez las preservase de un lánguido abandono. contra el seto. Al otro lado. entre lo opaco y lo translúcido. pero en lo más profundo de agosto duerme en el jardín la idea del agua. el más refrescante. frescor mecánico. con esa simétrica distribución de los brazos. Pero el sol llueve entre las ramas con implacable dulzura. la escoria apergaminada. en verano. el albaricoquero. Pero ahora es la hora del sol. En el árbol. tienen motas rojizas sobre un fondo verde ocre: el azul de sus hermanas mayores les tienta y les aterra. los rosas —es la hora de recoger la fruta y descansar. pero también el de las acelgas desplomadas en el suelo. el cerezo dan sombra donde duerme también la arrumbada mesa de ping-pong —algunas ciruelas rojas han caído en la desconchada pintura esmeralda. pero al aproximarnos descubrimos toda una lucha entre el azul oscuro y el rosa. Sólo las hojas de las zanahorias resisten con rutilante verdor. Resulta grata la idea de pasarlos por el agua fresca y saborear su carne todavía tibia. asciende del pie de la viña moscatel que se despliega justo al lado. Hace calor. se impone lo de abajo: el pie. una acuosa perversidad. En alpargatas. En el alféizar de una ventana o en un armario para zapatos. la mancha se fija. el cielo se cierra en el horizonte tiñéndose de gris malva. En alpargatas. El paisaje. con ese alejamiento de las nubes satisfechas que renuncian a llover. La cosa empieza por la franja de la tela: una mancha indecisa. el mundo es blando y cálido. el nudo de cuerda se deshace en una borra deshilachada. De entrada. y el olor del limo se impone sobre el de los chopos. y ese velo aéreo cobra la rugosa consistencia de un saco de patatas. con un toque de menta sobre el insulso limo. ni esperanza. la arena se pega. en lo que atañe a los olores dorados. parecen centrar el sentido del paseo. no notamos nada. sin la reacia y desconfiada aprensión del pie desnudo. Cuando pensamos que se nos han mojado las alpargatas. un perfume más bien verde oscuro asciende de las orillas del agua. El paso sigue siendo ligero. Desde los primeros síntomas del mal. Por encima. estamos civilizados lo justo para tutear al globo. es el verano. cuerda contra tierra. nada respira. La progresión es implacable. un lino tan fino que recorta el borde del pie. es delicioso. Parece que nos hemos puesto suelas de viento. pero nos hemos mojado tontamente. los olores. pesa cada vez más. Eso. la elasticidad de la marcha: las sensaciones mezcladas permanecen en equilibrio. Huele a… mazorcas de maíz. La hipócrita suela rinde sus armas tras una fingida resistencia: es de ella de donde proviene todo el mal. el paso. poco a poco. que va a extenderse y a revelar la aspereza del tejido. la tela no recobra su ligereza. se alabean.Mojarse las alpargatas El camino apenas parece mojado. Pero en el camino de tierra arenosa. pero a ella se le mezcla de inmediato una insoportable impresión de pesadez. Mojarse las alpargatas es conocer el amargo placer de un naufragio completo . La sensación de humedad no tendría importancia. Por supuesto. a tallos de saúco. Empapada. Y además ya se sabe: las alpargatas no se secan así como así. Pero. el verano se envisca. Atravesamos dos charcos. y su cuerda anudada no tarda en regodearse en un empapamiento compacto. sin la excesiva seguridad del pie demasiado bien calzado. a las hojas caídas de lo chopos —esas perezosas hojitas amarillas de verano que prefieren dormir al pie del árbol. ya es demasiado tarde. El cielo ya no amenaza. El revestimiento de goma da pena: ¿a qué viene proteger con un matiz de comodidad moderna del irresistible desastre? Una alpargata es una alpargata. al poco de caer un chaparrón. encima mismo de los chopos. con ese crujir del suelo bajo el pie que constituye el principal placer de andar en alpargatas. el diagnóstico es desolador: no cabe remisión. pegajoso a veces en el alquitrán derretido. la superficie. muy despacio. evanescente. de Manhattan. oímos ahora como una llamada. Las bolas de cristal recuerdan. el aire es agua. al igual que presentimos las trampas del destino en un comienzo de tarde abrumada de siesta y de ausencia. se extingue. flotan corrientes en lo alto de las torres. ni la fragata que surca una mar tendida. meandros graves. A menudo. tras el cristal. vemos una burbujita arrinconada arriba del todo. Algo ha cambiado. En la aparente inmovilidad del decorado. Al principio no le damos importancia. Todas las bolas son parecidas. olvidaremos toda la dicha que podemos hacer nevar en el hueco de nuestras manos. de un paisaje de montaña o de un recuerdo de Saint-Michel. recuerdo impalpable que no borra el agua de los días. después. La nieve es suave en el fondo del agua. Posamos la bola. Reinos de altas soledades. Ya no vemos la torre Eiffel en un cielo azul de abril. Sueñan silenciosamente con la tormenta. Los últimos pájaros de papel permanecen en suspenso durante algunos segundos antes de volver a caer. imperceptibles movimientos en el silencio fluido. Azul de dulzura ficticia que no existe y cuya beatitud termina por inquietar. Dentro. Una pereza algodonosa los invita a regresar al suelo. Pero si nos fijamos bien. el cielo.Las bolas de cristal Siempre es invierno en el agua de las bolas de cristal. en un torbellino nacido del suelo. de un loro. con la ventisca que puede que vuelva o que no vuelva. la bola no tarda en ponerse casi caliente. Nieva en el fondo de nosotros mismos. La nieve flota lentamente. después. El fondo está pintado de azul lechoso hasta el techo. se dispersa. permanecerán en el estante. La mirada cambia. la nieve danza y. Antes del baile de invierno no había nada. Ya se trate de un fondo marino atravesado de algas y peces. Todo se vuelve de una claridad pesada. los copos se espacian y el cielo azul turquesa recobra su melancólica fijeza. Ese extraño poder de despertar el largo sueño del vidrio. al principio opaco. de la torre Eiffel. Aquí el suelo permanece cubierto por los ligeros pétalos de la memoria. deja de danzar. Después… sobre el Empire State Building permanece un copo. Cogemos una entre las manos. en un invierno inaccesible donde lo ligero se impone a lo pesado. Una avalancha de copos borra de un solo golpe esta angustia latente de las corrientes. . Tomamos el mundo entre las manos. el estorbo del tazón de café permiten tan sólo una lectura sosegada. Leemos la sección del tiempo. es ya tranquilizador. Oír las mismas noticias por la radio sería ya precipitarse en el agobio de las frases martilleadas a puñetazos. Bajo la permanencia de la cabecera. es inmutable y tranquilizadora: las derrotas siempre van acompañadas por esperanzas de revancha. con una lentitud reveladora: se trata menos de absorber el contenido que de aprovechar el continente lo mejor posible. desde el interior. los chillidos de los vendedores callejeros. y es de una abstracción muy suave: en lugar de atisbar en el exterior los signos evidentes del día. sobre todo. además. Con el periódico. las posibilidades se renuevan antes de que las tristezas se hayan consumado… En el periódico del desayuno no sucede nada. Lo desplegamos. Prolongamos en él el sabor del café caliente. las catástrofes del presente se vuelven relativas. Comulgar con el mundo en la paz más perfecta. a chocolate a pan tostado. en la amargura azucarada del café. En el periódico hay más que nada horrores. los disolvemos. mal que bien. Leemos que el mundo se asemeja a sí mismo. Y. Sólo están ahí para salpimentar la serenidad del rito. La página deportiva. La amplitud de las páginas. y por eso nos volcamos en él. los periódicos se simbolizan a menudo con el frenesí de las rotativas. accidentes. No descubrimos en él el día ni la realidad: leemos Liberatión. es todo lo contrario.El periódico en el desayuno Es un lujo paradójico. Pasamos las páginas con precaución. En las películas. los artículos sensatos cobran mayor importancia que lo sensacional. Le Figaro. Ouest-France o La Dépêche du Midi. Nos cuenta las noticias de ayer: ese falso presente parece surgir de una noche de sueño. del pan tostado. El periódico. Tomamos nota vagamente de la violencia del siglo. y que el día no tiene prisa por comenzar. pero esta huele a mermelada de grosella. sobre la mesa de la cocina. en sí mismo. entre el tostador de pan y la mantequera. . Pero el periódico que encontramos al amanecer en nuestro buzón no comparte la misma efervescencia. envueltos en el aroma del café. guerras. Hace buena tarde. Esos cottages ingleses son iguales a una posada española: les incorporamos rumores metálicos de la Estación Victoria. una criada de tez lechosa se aleja por el parqué dorado frotado con cera de abejas. está en su derecho. Guiados por una mano férrea. el chintz con rameados color verde pato de las cortinas dobles. es la intriga. entre el crimen y el culpable. Hay asesinatos. De todo esto. saboreamos todo lo que no hay que ver ni respirar. Atkins. Por ejemplo.Una novela de Agatha Christie ¿Hay en realidad tantos ambientes en las novelas de Agatha Christie? Puede ser que nos los inventemos —sencillamente porque pensamos: es una novela de Agatha Christie. con la maestría de Agatha? Siempre os sorprenderá en la última página. la novelista no nos dice una palabra. sobre las porcelanas japonesas. Estamos seguros de que lo importante. De modo que. . hacemos lo que ante todas las autoridades abusivas: de tapadillo y casi fraudulentamente. esos sillones de curvas tan mullidas que se despliegan hasta el suelo? ¿Dónde esas escenas de caza color rojo fucsia que se redondean en el servicio de té. Unos juegos de croquet se mojan infinitamente. Junto a la ventana entreabierta. Los paraguas se escurren en el vestíbulo. nos construimos un universo mullido. y lo encontramos delicioso. y sin embargo todo está sumamente tranquilo. Nadie toca ya el viejo piano vertical. todo lo que no deberíamos probar. y no obstante se tiene la impresión de que una agridulce romanza despliega sus fáciles emociones sobre los portarretratos. ¿Pero para qué rivalizar con las células de Poirot. los jugadores de bridge languidecen con los últimos aromas de las rosas de otoño. claro está. el descubrimiento del culpable. esas rigideces azuladas de los ceniceros de wedgwood? Basta que Hércules Poirot ponga a funcionar sus células grises y se estire las puntas del bigote: vemos el color naranja claro del té. Nosotros nos lo guisamos. ¿dónde está la lluvia cayendo sobre el césped al otro lado de las bow-windows. más que la violencia del crimen. percibimos el perfume malva y anodino de la anciana Mrs. en ese espacio familiar. Luego vendrán las cacerías de zorros sobre un fondo de zarzas rojizas y bayas de saúco. tedios de balneario a golpe de sombrilla a lo largo de la estacada de Brighton —y hasta los lúgubres corredores de David Copperfield. Tenemos derecho a doce libros en total. la elección es más lenta. Este dominio del tiempo es tranquilizador. apropiarse así. y lo mejor es decidirse por lo heterogéneo. de esos voluminosos tres kilos de lujo mate! Una revista de fotos con niños de Boubat. Viene una vez al mes y se instala en la Plaza del Correo. Sí. Bueno. Los niños no paran de acuclillarse ante los tebeos. de las 16 a las 18 horas. las siluetas familiares convergen hacia la incómoda escalerilla que permite acceder al camión. una casete de las cantatas de Bach. a gabardina mojada asciende en el reducido espacio. Pero es del suelo. El bibliobús se convierte entonces en el único centro de animación. es mejor aún en invierno. es la provincia en pleno invierno. de 10 a 12. de donde sube una sensación especial: una especie de ínfimo cabeceo. Habíamos olvidado el equilibrio de los neumáticos.El bibliobús Está bien el bibliobús. con total impunidad.» Esta frase basta para que nos apetezca. Pero en cualquier caso. un álbum sobre el Tour de Francia: podemos meter en el cesto todas esas heteróclitas maravillas. Los estantes son de lo más variado. amaneceres de Turner y. La acuarela en el siglo XIX. el gran camión blanco marcado con el rótulo «Diputación Provincial» será fiel a la cita. al albur de los estantes. El enorme álbum de Christopher Finch. puesto que sabemos ya que dentro de un mes el salón de lectura ambulante volverá a plantar una manchita de luz en la plaza. de las 16 a las 18. Incluso si algunos días la exigüidad del lugar nos obliga a desplegar tesoros de ingenio deambulatorio para no resbalar hacia la promiscuidad. que protegen el interior de las corrientes de aire. Nada malo nos puede ocurrir. como en el mercado. el 17 de diciembre. en la Plaza del Correo. Debe reinar una discreta reserva. Una vez entreabierta y cruzada esa esclusa. cada cual permanece libre en medio de su silencio. ¡qué privilegio. en el silencio mullido. decirnos que vamos a elegir otras tantas. 15 de enero. el deambuleo aplicado. nos hallamos de inmediato en la moqueta. de su elección. Sabemos que dentro de seis meses encontraremos allí a Michèle y a Jacques («Qué. en la Plaza de la Iglesia. ya colmado. Calmada la sed. las novelas ilustradas. pero su amabilidad no llega a ser jovial. el fundamento móvil de ese templo familiar. ¿para cuándo esa jubilación?»). además. de balanceo. tampoco es que haya una multitud. sobre todo. La chica y la empleada de más edad a quienes devolvemos los libros que hemos traído. de maravillarse a veces: «¡Ha dicho la señora que puedo coger uno más!». Sabemos que. Sabemos de antemano todas las fechas del año: están escritas en una tarjetita marrón que nos introducen en uno de los libros prestados. y. pero contiene beldades pelirrojas prerrafaelistas. demuestran con su saludo que nos conocen. Un olor a lana tibia. cuando las calles del pueblo están desiertas. La puerta del camión es extraña. pesará un poco. . Ese mareo al calor de los libros. ¿Por qué no ese librito de poemas de Jean-Michel Maulpoix? «El día se demora bajo un cúmulo de hojas y de flores de tilo. Próxima llegada del bibliobús: el jueves. Hay que deslizarse entre dos tabiques transparentes de plástico duro. a Armelle y Océane («¡Qué bien que le va el nombre a tu hija! ¡Tiene los ojos de un azul!») y a otros que no conocemos tanto pero a los que saludamos con una sonrisa cómplice: sólo compartir ese rito es ya todo un compadrazgo. vestida de rasete estampado. al fondo. Sería un sacrilegio comprar los de color verde claro y privarlos de la contigüidad con los de verde ciruela. muy a lo colegiala de antaño. la colegiala de paciencia remendona. de las más honestas. no? —¡Qué calor. hija mía. En cuanto a las panoplias luciferinas. Madame Rossières los saca del cajón donde ondulan por afinidad de tono. con un sombrero de paja encintado sobre las rodillas. —¿La feria de aves de corral es el martes que viene. un despliegue de chambras floridas. botones de todas las formas. En el hueco que hay detrás. un calor tormentoso. están sentadas dos viejecitas. Esmaltes utilitarios. A pesar de nuestra presencia.Frufrús bajo los soportales En el escaparate. Un pensamiento absurdo cruza por nuestra mente. guisantes de olor. y blande un puñado de serpientes oscuras. gitana indolente. camafeos prácticos. el frufrú cede el sitio al punto de cruz: cierva acorralada. se está bien. cantante empalagoso. de sostenes de media copa. se trata. En los hilos de bordar. la propietaria de este excitante establecimiento de ambigüedades oficiales ostenta un apellido de marchita gazmoñería. La tienda es un largo pasillo. por el contrario. Muy momentáneamente. los verde esmeralda y los rosa coral. anudadas en los dos extremos por un aro de papel negro. la del rasete dejará caer. una. Pero es en torno al mostrador donde se expone el tesoro del lugar. sin aparente segunda intención. las alusiones demoníacas de esas sedosas prendas interiores? Con toda seguridad. sin eco pero sin desistimiento. en cartoncitos blancos. alineados por orden creciente de tamaño. cuyo sofoco nos ha seguido hasta la Casa de la Prensa e incluso hasta la lujosa farmacia vecina. La del rasete está de paso y de conversación. Pero en la tienda de Madame Rossières. paisaje bretón. de bragas escotadas de tonos frescos. —¿Podrías pasarte por la tienda de Madame Rossières y comprarme unos corchetes automáticos? ¡Madame Rossières! Sí. esas joyas del refinamiento ordinario no tienen sentido más que por yuxtaposición con sus semejantes. del colmo de la perversidad. cuesta creer que estas puedan ser vendidas por una Madame Rossières cualquiera. frases regulares: —¡A mí. Ésta se levanta y se aproxima con una solicitud aduladora —aunque en seguida nos damos cuenta de que no está molesta por haber tenido que interrumpir así la acaparadora cháchara de su compañera. la otra. Hemos entrado allí con una excusa de las más humildes. Madame Rossières es la colegiala. la santa patrona de los bordados para dulces miradas de ojos . La misma irisación complementaria preside la alineación de los carretes de hilo en el expositor mural que despliega una paleta de ínfimos degradados. todo es de un tono crema —el color de todos esos minúsculos cajones que se apilan hasta el techo. Madame Rossières. se yergue el mostrador. Afuera. en algún lugar a la sombra de los soportales. el arte del matiz es más secreto. ¿Desmiente realmente la franca sonrisa de esas modelos que os miran a la cara. se me han ido las ganas de hacer tapices! —Tendrás que volverme a dar hilo de bordar. de mandil azul. pero qué calor! Al fondo de la tienda. algunas fotos de lánguidas maniquíes coronan unos conjuntos negros más sulfurosos. hace bochorno. Hay ante todo. malvas y azules. a pesar de la modestia de su mandil azul. la ventajosa comodidad de las bragas de felpa que se apilan junto a los vestidos rústicos. algunas coqueterías. He aquí por qué el templo color crema tiene ese frescor bautismal. Claro que a su edad… Pero puede que se halle ahí el secreto de esa atmósfera tan preciosa y tan fresca que flota a la sombra de los soportales. ha adoptado algunas tendencias. Por qué. algunas audacias. No. una ascética chambra elegida por lo absoluto de su color. amontonadas en un puesto no lejos de su tienda. los días de mercado. Madame Rossières. Y no obstante… Si Madame Rossières ha mantenido durante toda la vida la tradición de la lencería fina. ni la autosatisfacción de una joven ante su espejo. La chambra florida que pudiera llevar Madame Rossières no estaría destinada a satisfacer la brutalidad de un macho. a su manera. la protectora de la ropa de calidad que se aprovecha hasta el final cambiando los botones.gachos. de su textura. Madame Rossières permanece nimbada con un aura singular: es la virgen del frufrú. sería una chambra perfecta. . ¿recurre también para su propia elegancia a la lencería de los guisantes de olor? Más bien le hubiéramos adjudicado las rígidas fajas color carne. es sin duda porque. abismarse durante largo tiempo —si dejamos el cilindro. Nos inventamos países. países sin nombre que ningún mapa sabría situar. malva antiguo. con arabescos entrelazados. No hay que tocar apenas. En una habitación negra. en ese tubo tan liso recubierto por una delgada capa de papel glaseado.Sumergirse en los caleidoscopios Nos sumergimos en esa cámara japonesa de espejos. al otro. Unos cristales de vidrio pintado comienzan de nuevo e inventan el nuevo país. Pero algo se está gestando entre los dos. Esperamos una imagen. entre dos círculos opacos. el misterio reflexiona. Todo se pierde y todo se confunde. En el interior. Qué importa lo que abandonamos. los cristales de colores. el más mínimo gesto basta para trastocar el continente. lo cerrado. Viaje de turquesa al borde de las pedrerías del norte. todo es frágil. que cada vez vuelve a empezar. todo es ligero. pero que flota en la pesadez de un espacio hecho pedazos. descubrimos los tabiques secretos. la sostenemos entre el pulgar y el dedo corazón de las dos manos. Pasa un poco de sensata felicidad. a veces. paredes de hielo oscuro. naranja oscuro. el país caliente y frío se disloca ya. Miramos. sin movernos. pared o suelo. Palacio de los hielos de Oriente. En los dos extremos del cilindro no hay gran cosa: a un lado el pequeño ocular ingenuamente evidente del mirón. en lo oculto. se fraccionan en una acuosa fluidez. y también su vértigo. es sin duda una imagen de la tierra. Tan sólo. y casi es la que aparece. Techo. Ese mosaico de cielo no regresará jamás: verde angélico y rojo de terciopelo de teatro. Giramos cuanto apenas el cilindro. unos segundos de belleza. el palacio sale volando. pero nunca del todo. saboreamos la luz aprisionada en el asfixiante cilindro de cartón. bastidores desnudos del juego de la luz. Teatro de sombras del misterio. tiene la solemnidad geométrica de los jardines del Louvre y la opresiva intimidad de una casa china. vidrios pintados con tonos vivos. Es esa pequeña diferencia la que da todo su valor a este viaje. No poseemos nada. ya estamos en otro lugar. casi. una paciencia redonda. a menudo de tan mal gusto. Es aquí donde se prepara el milagro. Viaje único. un soplo se convierte en un ciclón. Abajo el espectáculo es de lo más pedestre. viaje de granada por la alta mar perfumada de los cálidos golfos. lo oscuro. Hay que seguir allí. su desesperación: nunca poseeremos el país de los cristales movedizos. en la equívoca crueldad de las imágenes multiplicadas. más lejos. sin deseo. . arriba la mirada es fría. cristal de nieve del sultán. atenuados por la neblina de la distancia y la idea del polvo. Tras de nosotros. tan anónimo. con un doloroso ruidito de rotura. harén de las banquisas. las joyas color azul pato. incómodos. la tarjeta magnética que hay que localizar entre los billetes del metro y el carné de conducir —¿tendrá aún suficientes pasos? Después. los tonos más graves. al más desamparado: la voz humana. Sin los gestos. que las palomas alzan el vuelo desde los bancos. Es increíble lo que la voz sola puede decirnos de una persona querida —de su tristeza. con la mirada clavada en la pantallita. Por encima del listín telefónico. su alegría. en la plaza Saint-Sulpice». los sonidos progresan insensiblemente hacia ese milagro: al eco glacial del tecleo sucede una especie de canción umbilical modulada que nos conduce al punto de llegada —por fin. La cabina se vuelve ligera. Vemos. la acera. es dulcísima y mágica: es como si el paisaje naciese con la lejana voz. sí.Llamar desde una cabina telefónica Al principio sólo es una sucesión de contrariedades materiales siempre un poco molestas: la pesada e hipócrita puerta en la que nunca sabemos si hay que empujar-tirar o tirar-empujar. estúpidamente gris. su vitalidad. que el acero ha sido derrotado. de su cansancio. de repente. más que aislados. Además. La voz. soy yo. los chiquillos que patinan. sabemos que se trata de un ritual iniciático: son necesarios esos gestos de obediencia al rígido mecanismo para acceder al calor más íntimo. obedecer las consignas: descuelgue…. Lo importante no es lo que decimos. demasiado estrecho y ya empañado. estoy al lado mismo del café. nos dice que París ya no es un exilio. despierta una nueva imagen. ya sabes. . entre palpitaciones. sino lo que oímos. de su fragilidad. Nos sentimos cautivos del paralelepípedo rectangular. y su interrupción como una liberación. ante nosotros. estamos encogidos. Una sonrisa nos asoma a los labios. prisioneros. Esta súbita apropiación de lo que sucede más allá del vidrio. desencadenamos agridulces y frías sonoridades. tan lejana. espere… En el espacio cerrado. Las primeras palabras llegan con una banalidad exquisita. Al mismo tiempo. ha ido todo bien. tan próxima. y ya sólo es de cristal. con fingido despego: «Sí. Justo en ese momento levantamos la cabeza. el quiosco de la prensa. Al marcar el número en las teclas metálicas. crispados. desaparece el pudor y aparece la transparencia. Ansia de volar por una parte. Los colores. no por eso dejan de ser «bicis». el marrón apagado. pateadores de callejas. . amantes de leer el periódico sentados en un banco. Por más que las de media carrera luzcan bruñidos guardabarros. También los materiales y las formas. pesadez contra ligereza? Hay más cosas. pedaleadores de «bici» muy eficientes. no por eso dejan de ser bicicletas. la lana. La distancia puede reducirse. somos peatones en potencia. O bien lleva uno en el fondo de sí mismo la perfección negra de una «bici» holandesa. no nos detenemos: embutidos hasta las rodillas en un conjunto neoespacial. Por más que las pesadas bicicletas de paseo exhiban un manillar curvo. y para la «bici». caminaríamos como los patos. En bicicleta. Un adolescente con vaqueros desciende de su montura. Existe una frontera. Nacemos «bici» o bicicleta. el rojo mate. el blanco roto. la pana. y no caminamos. es la «bici». Pero los que van en bicicleta deberán renunciar a esa parte de ellos mismos si quieren amar. marcada familiaridad con el suelo por la otra. las faldas escocesas? Para la otra. pues sólo se enamoran los que van en «bici». con un libro en la mano. Y además… Oposición en todo.La «bici» y la bicicleta La «bici» es lo contrario de la bicicleta. Dos colegialas que cruzan juntas un puente de Brujas: es la «bici». y tipos en bicicleta que nunca tienen prisa. o sueña con una bicicleta de carreras tan ligera que la cadena se deslice como el vuelo de una abeja. es casi una cuestión política. sin embargo. Es mejor no fingir y aceptar la propia raza. En «bici». ¿Entonces. Michel Audiard con bombachos y calcetines largos se detiene a tomarse un blanco seco en la barra de un bar: es la bicicleta. Se es de uno u otro bando. Hay. ¿Para quién la holgura. el naranja metalizado. lo ceñido con toda clase de tejidos sintéticos. el verde manzana granny. En bicicleta. Una silueta malva fluorescente lanzada cuesta abajo a setenta por hora: es la bicicleta. y se toma una menta con agua en la terraza. ¿Es cuestión de velocidad? Puede ser. con un pañuelo flotando en el hombro. Durante el final de su carrera. Pero ahora estamos metidos en el juego. meticulosamente consumado. Medimos y es muy difícil no mover nada bajo la dubitativa mirada de los adversarios. reencontramos gestos. ese ruido estival de las bolas entrechocadas. pero esa bola la jugaremos lenta. cuántos tiros kamikazes. Nos sentimos un poco patosos con las bolas en la mano. Por más que hagamos esa parodia para infundirnos ánimo. No cometeremos la chulería de arrodillarnos. junto a las bolas que han sido jugadas. cuando con las rodillas separadas medita el mejor camino al tiempo que sacude la bola en el hueco de la mano. En vez de esperar nuestro turno al lado del círculo. Durante unos segundos. no jugamos a la petanca. . ¡cuántos blandos acercamientos a un metro del boliche. que se llevan por delante una bola a la que no apuntábamos! No importa. oculto entre dos guijarros blancos. Todos se acercan. ya nos atrevemos a concentrarnos más. pero está en el juego y no hemos fallado. —¿Tú lo ves? Entonces. Al empezar la partida. aguanta aún. Además. —Sí. Nos queda ese ruido de fiesta. ¿qué haces? ¿Tiras o apuntas? Esta mala imitación del acento marsellés forma parte de las costumbres. nos consta que hemos de conformarnos con un puesto secundario. casi ceremoniosa. un cuadro portentoso. que imitemos al Raimu furibundo o al Fernandel guasón. ¡Tampoco es que esté a dos kilómetros! Regresamos a jugar la última a pasitos falsamente indolentes. contenida. recogíamos algunas veces las bolas de los demás. nos aproximamos y señalamos con la punta del pie al «pequeño». Nada de ese silencio que precede a las obras maestras del tirador —y en la exasperación de su espera hay como un riesgo provocador. las frases se van espaciando. pues nos falta estilo. nos acercamos con un pequeño gesto negativo en el que se revela cierta falsa modestia. vamos a colocarnos en medio de la acción. No. No ha entrado. —¿Ha entrado? Cogemos un trozo de cuerda. Poco a poco. Reencontramos frases. Sólo recogemos las nuestras. nada del relajado acuclillarse del primer apuntador. por más que nos prometamos ese pastís o a la misma Fanny. sino a las «bolas»: para lograr una entrada sorpresa. contemplamos cómo elige su camino.La petanca de los neófitos — Bueno. es un escritor francés. En 1997 su libro de relatos La première gorgée de bière et autres plaisirs minuscules (publicado en español como El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida ) obtiene el premio Grangousier y permite a Delerm empezar a ser conocido por el gran público. empieza a enviar sus obras a diversas casas editoriales. A partir de 1976. publicada en español. Se trata de la novela La quinta estación (La Cinquième saison). en 2002. Tras una feliz infancia. Hijo de profesores. pero deberá esperar hasta 1983 para ver una de ellas finalmente publicada. comenzó a trabajar como profesor de literatura en el Collège Marie Curie de Bernay.PHILIPPE DELERM. Nacido el 27 de noviembre de 1950 en Auvers-sur-Oise. Es padre del cantautor Vincent Delerm. .
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