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May 22, 2018 | Author: Karlos Quintana | Category: Mexico, Television, Politics, Government, Entertainment (General)


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129Derecho a Comunicar | Número 8 | Mayo – Agosto 2013 | ISSN: 2007-137X RESEÑA AZCÁRRAGA MILMO: SIRVIÓ AL SISTEMA Y SE SIRVIÓ DE ÉL RAÚL TREJO DELARBRE Claudia Fernández y Andrew Paxman, El Tigre. Emilio Azcárraga y su imperio Televisa. Tercera edición, julio de 2013, 664 pp. Después de leer –releer, en el caso de este reseñista— la muy documentada obra de Claudia Fernández y Andrew Paxman sobre el creador de Televisa se antoja escribir una retahíla de reconocimientos tan enfáticos que pueden parecer lugares comunes. Estamos ante un trabajo fundamental, indispensable, pionero en varios sentidos, irreemplazable para entender a la televisión mexicana y su historia. Me hago cargo de que tantos reconocimientos pueden parecer gratuitos. Ante esa posibilidad lo más sencillo es remitir el lector a las 664 páginas de El Tigre. Emilio Azcárraga y su imperio Televisa. Antes de que ese lector abandone la presente reseña, si aún no conoce el libro se le puede anticipar que se trata de una detallada biografía de Emilio Azcárraga Milmo (1930 – 1997) pero, junto con él, de Televisa y del estilo caciquil que ese personaje desplegó en sus relaciones de complicidad con el poder político. UNA FIGURA INMODERADA Nutridas de datos verificables, en esas páginas se relata la construcción de una figura y una empresa. A la prepotencia de la corporación, se aunó la petulancia de su propietario. El desdén de Azcárraga Milmo por los políticos y sin embargo sus negociaciones constantes con ellos era posible gracias a la influencia que alcanzó Televisa –solitaria en el cuadrante televisivo durante varias décadas debido a la negligencia de ese poder político al que se le volvió indispensable—y a la convicción de quienes gobiernan, y de aquellos que aspiran a hacerlo, en la necesidad de aparecer en pantalla, al precio que sea. Reseña del libro, El Tigre. Emilio Azcárraga y su imperio Televisa 130 Derecho a Comunicar | Número 8 | Mayo – Agosto 2013 | ISSN: 2007-137X El beneficio de estar en televisión, así fuese durante fugaces pero taquilleros instantes, se volvió obsesión para la llamada clase política mexicana. Las televisoras (primero solamente Televisa, luego además Televisión Azteca) ofrecieron visibilidad pública a cambio de servicios, complacencia o indolencias del poder político. En esa transacción en donde reclamaba beneficios contantes y sonantes a cambio de la gratificación simbólica que significa el acceso a la televisión, Emilio Azcárraga Milmo fue hábil pionero. En El Tigre, al retratar a ese personaje, se describe la simbiosis que establece con un sistema político al que sirve y del cual se sirve. Su jactancia para hacer negocios resulta del tránsito frecuente que experimenta del apremio, a la coacción. Si no era con halagos, a los políticos los persuadía con amagos pero siempre, o casi siempre, sin dejar de pretender que trataba con amigos. Paxman y Fernández muestran la construcción de una personalidad autoritaria, pero funcional a un sistema en donde la televisión no domina aunque es una de las claves en el ejercicio del poder. El trato mandón, hasta la ordinariez, con colaboradores y empleados, fue proverbial y define las anécdotas más conocidas de Azcárraga Milmo. La prepotencia del dinero era prácticamente pleonasmo en ese personaje. La que ejercía no era una dominación sustentada en los favores, porque hasta cuando ayudaba a sus subordinados lo hacía humillándolos. Tampoco tuvo una autoridad forjada en el convencimiento y mucho menos en el consenso. La de Azcárraga Milmo fue una supremacía corporativa plagada de intolerancias y abusos. Y sin embargo mantuvo una cohesión casi familiar en la Televisa que le tocó manejar. No fue un patriarca porque le faltó ascendiente moral para ello. Fue un jerarca que mantuvo y acrecentó con recursos arbitrarios el poder que heredó. La Televisa que plasman Fernández y Paxman al delinear ese perfil de Azcárraga Milmo es una empresa dominada por los atropellos, tanto dentro de la corporación como entre ella y la sociedad mexicana. Los autores se empeñan en mostrar un panorama equilibrado, movidos por el propósito de no allanarse a los enfoques apocalípticos, pero tampoco a los integrados, que dicen han prevalecido en el estudio de esa empresa. Pero la que retratan es una Televisa insolente con una sociedad en la que esparce una programación anclada en la vulgaridad estética y la parcialidad política. Se trata de un libro profundamente anclado en sus fuentes. Los autores arriesgan pocas suposiciones. Cada afirmación está respaldada en declaraciones, muchas de ellas obtenidas de manera directa. A partir de centenares de entrevistas con personas que trabajaron con Azcárraga, o que conocieron alguna faceta suya, arman un colorido cuadro biográfico. No se trata de una semblanza en blanco y negro. Esa monumental arquitectura metodológica es el mérito más importante de El Tigre pero se le dejaba ver en la primera edición del libro, aparecida en 2000 y sin las fuentes en las cuales abrevó la investigación. La cantidad de entrevistas, notas hemerográficas y libros consultados era tal que los editores sugirieron dejarlas fuera para no duplicar la cantidad de páginas. Fue un error porque no se apreciaba la seriedad y la solidez de esa información. Luego, editores y autores decidieron colocar las referencias del libro en un sitio web. INSÓLITA DOCUMENTACIÓN El interés por los magnates empresariales y su relación con los medios ha sido compartido por el periodismo de investigación y por un segmento de la academia dedicada al examen de los medios. En todo el mundo sobresalen empresarios mediáticos que, a la fortuna acumulada gracias a esa industria, añaden la notoriedad que les da el manejo de televisoras, periódicos o consorcios de tecnologías convergentes. Ese poder, aunado Reseña del libro, El Tigre. Emilio Azcárraga y su imperio Televisa 131 Derecho a Comunicar | Número 8 | Mayo – Agosto 2013 | ISSN: 2007-137X a dicha notoriedad, hace de los empresarios mediáticos personajes interesantes para el público y para un segmento de la investigación académica. En las décadas recientes se han publicado importantes estudios sobre magnates mediáticos, como el de Neville Clarke y Edwin Riddell, Sky Barons (Londres, 1992) que condensó las biografías de Rupert Murdoch, Ted Turner, Silvio Berlusconi, Roberto Marinho y Emilio Azcárraga, entre otros. En esos años el investigador australiano John Sinclair vino a México para hacer una semblanza de Azcárraga que recogió en su libro Latin American Television. A Global View (Oxford University Press, 1999). Más tarde aparecería, de Eric Frattini y Yolanda Colías, Tiburones de la comunicación. Pirámide (Madrid) y Océano (México). Por otra parte, numerosos estudios realizados en México desde los años 80 y especialmente en la siguiente década enfatizaron el poder de Azcárraga Milmo, apoyándose fundamentalmente en información hemerográfica. Sin embargo no hay trabajo más extenso, documentado y sólido en este tema, que el que publicaron Claudia Fernández y Andrew Paxman en 2000 y que ahora se reedita con algunas adiciones. Se trata de la investigación más relevante y útil que se haya publicado sobre Televisa. Al menos sobre la Televisa del siglo XX. No deja de ser significativo que ese trabajo lo hicieran dos periodistas, ambos con formación académica pero cuyas inquietudes profesionales estaban fundamentalmente dedicadas al periodismo cuando hicieron esta investigación. La tarea de entrevistas a centenares de personas que habían trabajado en Televisa, junto con el acopio de información hemerográfica, la realizaron esos informadores independientes y no surgió de ninguna institución académica. Nuestros investigadores universitarios a menudo desdeñan la búsqueda de testimonios directos y la indagación del pasado reciente, aunque sin duda muchos de ellos se ha beneficiado del trabajo fundamental que hicieron Fernández y Paxman. Se trata de la biografía de un personaje público. Y lo es, en parte además, de una empresa, un sector en los negocios y la política, una época. Como sucede en las biografías serias, en El Tigre se mantiene una necesaria distancia entre biógrafos y biografiado. A Fernández y Paxman el heredero de Telesistema Mexicano, que fundaría Televisa hace cuatro décadas, no les resulta simpático y mantienen una mirada constantemente crítica al narrar sus negocios. Pero también hay cierta fascinación por la intensidad, la extravagancia, la desmesura del personaje. No se trata de admiración. Pero en sus desplantes y excesos, Azcárraga Milmo era un personaje sin duda interesante y quizá en algún sentido capaz de ejercer una atracción magnética aún para sus cronistas más críticos. Se trata de una biografía acotada y en alguna medida explicada a partir de la época en la que ocurrió. Los autores ofrecen referencias, datos, aclaraciones, para que el lector se ubique en ese México en algunos sentidos no demasiado lejano a la transición política aún con rezagos que tenemos hoy, pero evidentemente distinto. En ese contexto, el Azcárraga Milmo que muestran Fernández y Paxman es un personaje inmoderado porque ni la moderación ni la civilidad eran parte de sus códigos, a quien no le preocupaba ser moral o incluso políticamente inaceptable porque él definía con arbitrariedad proverbial sus propios parámetros morales y políticos y obligaba, a todos cuantos podía, a que se ajustaran a ellos. Esa descripción de un poder sin contrapesos, o casi, ofrece el retrato más intenso y fiel que se ha escrito acerca de Televisa. Fernández y Paxman supieron guardar distancia respecto de la denuncia tremendista. Pero la documentada descripción que hacen de Televisa y su dueño resulta mucho más devastadora que cualquier acercamiento parcial, incluso más que los innumerables cuestionamientos expresamente ideológicos y políticos Reseña del libro, El Tigre. Emilio Azcárraga y su imperio Televisa 132 Derecho a Comunicar | Número 8 | Mayo – Agosto 2013 | ISSN: 2007-137X que han recibido esa empresa y Azcárraga Milmo. TRECE AÑOS DESPUÉS La primera edición de El Tigre apareció cuando México se asomaba a la incertidumbre de la alternancia política sin imaginar que, en el campo de las relaciones entre el gobierno y los medios, la connivencia del antiguo régimen priista sería reemplazada por la frecuente docilidad de los gobiernos panistas ante las exigencias de las televisoras. En el transcurso de ese tiempo, algo mayor a dos sexenios, Televisa sigue siendo el medio más relevante en el país y sobre todo, el más socorrido y beneficiado, a la vez, por el poder político. Y todavía hay un Emilio Azcárraga al frente de ese consorcio. En México, sin embargo, el panorama en los medios y en torno a ellos ha cambiado significativamente. El contexto sin exigencias sociales, sin contrapeso mediático alguno y dominado por la resignación o el regodeo del poder político, es parte de un pasado que nadie o casi nadie extraña. Ya no tenemos una audiencia rendida a los contenidos y las convicciones propagados por Televisa. De hecho ya no existe una audiencia de la televisión mexicana sino una pléyade de segmentos de la sociedad que se sintonizan, de diversas maneras, con distintos medios. Cada vez más mexicanos prefieren –y pagan—la televisión codificada que se difunde por cable o satélite, y/o se entretienen e informan en contenidos en línea. La capacidad de Televisa para uniformar apreciaciones nunca fue absoluta pero hoy es mucho menor que antes. El poder que esa empresa tuvo para instaurar símbolos, y de esa manera para hacer política y dinero, ha declinado de manera inevitable. En el campo de los medios, la televisión de paga y en línea ha desplazado en parte el consumo de contenidos que se difunden de manera abierta. Esa tendencia se profundizará cuando haya más cadenas de televisión y más opciones audiovisuales de paga. Televisa sigue acaparando la mayor parte de las concesiones comerciales para televisión abierta e incursiona en otras ramas de las telecomunicaciones. Pero en ninguna de ellas, muy a pesar de la vocación acaparadora que mantienen sus directivos, será la única opción. En el poder político se ha desarrollado un proceso de resistencias, no sin contradicciones pero ya con resultados constatables, respecto de la mezcla de complicidades y conformismos que los gobiernos y los partidos mantenían respecto de las televisoras privadas y sus intereses. Esos cambios han sido resultado de exigencias de algunos sectores de la sociedad, así como del hartazgo de políticos y gobernantes que han sido cortejados, pero también presionados e incluso en ocasiones extorsionados, con las exigencias de las televisoras privadas. Televisa ha obtenido publicidad gubernamental a raudales y ha logrado que las autoridades disimulen o apliquen sanciones ínfimas cuando anuncia “medicamentos milagro” o sectas religiosas. Además ha recibido frecuencias de gran valor que le son asignadas gratuitamente o casi, permisos para acaparar la televisión de paga, anuencia para manejar a su antojo negocios ligados al espectáculo como el futbol profesional. En el campo de los medios ha sido ya no el quinto sino el primer poder y en el de la política, ha querido rivalizar con instituciones del Estado mexicano. Todo eso está terminando. Si la reforma constitucional promulgada el 11 de junio de 2013 se cumple, estaremos asistiendo a los últimos días, y a las últimas pataletas, de Televisa como poder comunicacional hegemónico. Los escollos en ese proceso no son pocos. Pero hoy disponemos de normas generales que parecían impensables hace un año o menos y que ni siquiera nos animábamos a incorporar a nuestros sueños reformadores Reseña del libro, El Tigre. Emilio Azcárraga y su imperio Televisa 133 Derecho a Comunicar | Número 8 | Mayo – Agosto 2013 | ISSN: 2007-137X cuando Claudia Fernández y Andrew Paxman terminaban de escribir su libro hace casi tres lustros. Ellos mismos, convencidos de que la Televisa que biografiaron era una carga para la sociedad mexicana, incorporaron al final de la primera edición de este libro un prontuario de medidas que juzgaban necesarias para mejorar la televisión mexicana. Prácticamente todas ellas, de manera más audaz y con cambios institucionales, se cumplen con la reciente reforma constitucional. Para que la complacencia del poder haya cambiado, al menos en parte, ha sido necesario que nuestros políticos se den cuenta de que la capacidad de la televisión para crear y mantener consensos en las sociedades contemporáneas es más limitada de lo que querían creer. La televisión es indispensable pero no es el único instrumento de persuasión entre los ciudadanos. La televisión propala imágenes y estereotipos pero unas y otros adquieren significados –y se traducen en adhesiones, indiferencias o rechazos— de acuerdo con la experiencia y circunstancia de cada ciudadano. Ese aprendizaje de los políticos, que no habían querido advertir que el poder de la televisión es intenso pero relativo, nos ha costado muchos años de abusos mediáticos y aparentemente por fin está conduciendo a un panorama distinto. El libro de Claudia Fernández y Andrew Paxman es indispensable para entender cómo llegamos a este escenario y sobre todo por qué hemos tardado tanto.
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